Crítica de Cine

El fabuloso espectáculo de Judi Dench

Judi Dench y Ali Fazal, en una escena de la película de Stephen Frears. Judi Dench y Ali Fazal, en una escena de la película de Stephen Frears.

Judi Dench y Ali Fazal, en una escena de la película de Stephen Frears.

Cuando Hahiz Mohammed Abdul Karim conoció a la reina Victoria ella tenía 68 años y él 24. Ella era la mujer más poderosa del mundo, por reinar sobre el mayor imperio de la época, y él era un joven indio de familia relativamente acomodada, culto y sumamente inteligente. Llegó a Inglaterra en 1867 con motivo del jubileo de oro de la reina para ser servidor de quien también era emperatriz de la India. Asombrosamente entre la reina y emperatriz y el siervo se trenzó una afectuosa amistad que convirtió al indio, a quien dio el título de Munshi que designaba a los secretarios o maestros indios elevándolos por encima de los criados o servidores, en su acompañante y consejero con no poca indignación y escándalo del entorno real.

Esta historia auténtica está contada con amables y buenas maneras cinematográficas por el excelente realizador británico Stephen Frears -a quien se debe The Queen, aquel espléndido retrato de la reina Isabel II durante la crisis que siguió a la muerte de Lady Di- que sigue muy de cerca los pasos de otra película -Su majestad Mrs. Brown- que trató de la íntima relación amistosa entre la reina Victoria, también interpretada por Judi Dench, y su sirviente escocés John Brown. Una amistad que, al igual que la que posteriormente la unió a Badul Karim, dio que hablar y murmurar. La amistad entre Victoria y Brown se trenzó a partir de 1861, durante el largo duelo que la reina viuda mantuvo, encerrada en Balmoral, tras la muerte de su adorado Alberto. La amistad entre Victoria y Abdul Karim se trenzó a su vez a partir de 1867, no casualmente sólo cuatro años después de la muerte de Brown. Ambos llenaron en parte el inmenso vacío afectivo que Alberto dejó en la vida de su esposa.

La contención de Frears, que casi roza el formalismo tradicional británico, sirve de marco casi neutro para la extraordinaria exhibición de Judi Dench. Ella y Helen Mirren son en mi opinión las dos más grandes trágicas británicas y las más dignas sucesoras de las damas de la escena y el cine inglés. Frears logró en The Queen una de las mejores interpretaciones de Mirren y logra extraer aquí una de las mejores de Dench. En ambos casos juega con gran talento con las posibilidades irónicas -a veces con ribetes del mejor humor inglés- y trágicas de ambas actrices. Conociendo el cine de Frears, creo que la discreción de la dirección es un gesto de modestia para que nada estorbe la extraordinaria interpretación de Judi Dench, que de un plano a otro puede hacer sonreír, irritar y emocionar (para ella son tres de las cuatro estrellas). Eso sí, Frears tiene tres excelentes cómplices para vestir su sobria, que no plana, realización: el director de fotografía Danny Cohen (recuerden sus trabajos en El discurso del rey, Los miserableso La chica danesa), el diseñador de producción Alan MacDonald (colaborador de Frears desde The Queen) y el compositor Thomas Newman.

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