"No encuentro muchos vecinos en una literatura como la nuestra"

Cualquiera que se haya acercado a la obra de Ricardo Menéndez Salmón sabe que al autor le importa el diálogo de la creación con la eternidad, un asunto al que dedica su nueva novela, La luz es más antigua que el amor (Seix Barral). A través de la peripecia de dos pintores ficticios -el toscano Adriano de Robertis y el ruso Vsévolod Semiasin- y uno real -Mark Rothko-, y del retrato de un escritor que responde al nombre de Bocanegra, este asturiano del 71 explora la capacidad iluminadora del arte y su reverso próximo a la locura y, de paso, afianza su papel destacado entre los narradores de su generación.

-Su libro, como el que escribe el personaje de Bocanegra, podría definirse también como "una ofrenda a los creadores".

-Sin duda. En tiempos como los que nos toca vivir, en los que la función del arte se ha debilitado hasta ser poco más que una especie de coartada para una ironía desencantada, no me parecía inútil una llamada de advertencia sobre el poder de la creación y la ambición de los creadores. Quizá me acusen de romántico por ello, pero prefiero pecar de ingenuo antes que presumir de cínico. Ya sé cuánto mola Damien Hirst, pero a mí me sigue interesando más Anselm Kiefer.

-En su novela asegura que "el territorio del artista, de cualquier artista, incluso de uno tan grande como Rothko, es siempre el fracaso".

-Tengo la convicción de que entre lo que se desea expresar y lo que finalmente se expresa siempre hay un hiato insalvable. Ahí es donde yo situaría mi reflexión sobre el fracaso. De todas maneras, ese fracaso no nos exime de la tarea. Muy al contrario. Faulkner definió este empeño de modo insuperable: "Hay que escribir con la vocación de expresarlo todo, aunque sepamos que es imposible".

-Se habla mucho de inmortalidad en La luz es más antigua...

-Uno de los temas capitales del libro es la trascendencia: la trascendencia atea, si se me permite la expresión. Para quienes carecemos de fe religiosa, la obra de arte encarna la posibilidad de salvar lo que de limitado hay en nuestra vida y la capacidad para enfrentarnos a temores casi cósmicos: el olvido, el vacío, la propia idea de eternidad. Somos finitos temporal y materialmente, pero podemos sobrevivir en los frutos de la cultura y dialogar con los demás a través de nuestro genio. Conmemoramos estos días los cien años de la muerte de Tolstói. Un minuto de reflexión sobre lo que un hombre como Tolstói logró con la escritura ilustra perfectamente lo que intento decir.

-Otro de los temas de la obra sería la nada, un concepto inquietante que Kafka quiso registrar en sus diarios y al que usted también dedica un fragmento de la novela.

-Inquietante y, a la vez, necesario, si uno es un artista consciente. En todo artista exigente consigo mismo, la tentación de la parálisis, del silencio, del agotamiento, de la desaparición; en una palabra, la presencia de la nada, es un asunto capital. Cuando pienso en mi escritura, por ejemplo, la veo como un embudo cada vez más estrecho, por el que cada vez fluye menos líquido, aunque éste cada vez resulte más precioso. Cada nuevo libro te acerca sin remedio a un punto cero de la escritura, pero sólo desde esa crisis, desde ese aparente callejón sin salida, se puede escribir algo importante.

-Al final del libro le ha querido dar al personaje de Bocanegra, su alter ego, el reconocimiento de la sociedad.

-La recompensa más importante es la que el mundo no ve, la propia. Entregar un libro al debate público sabiendo que, independientemente de que agrade o no, uno ha dado lo mejor de sí mismo. Creo que la insatisfacción es el gran motor creativo, pero también asumo que existe una recompensa muy honda en la convicción del trabajo bien hecho.

-¿Siente aún que se mueve en la periferia? Sus propuestas, en las que el peso de la reflexión es tan notable, distan un abismo de lo que impera en el mercado.

-Nunca me ha importunado la periferia física, y desde luego siento que sigo cultivando la periferia mental. Es cierto que, para bien o para mal, no encuentro muchos vecinos en mi viaje literario. Al menos, no en un país como España y en una literatura como la nuestra.

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