El director malí Salif Traoré denuncia el subdesarrollo de las tradiciones

  • El cineasta, muy crítico con los gobiernos del vecino continente, enfrenta los ritos ancestrales con la modernidad en 'Faro, la reina de las aguas', proyectada en el Festival de Cine Africano de Tarifa

El padre del director malí Salif Traoré trabajaba en una sala de cine, lo que posibilitó que el pequeño Salif viera filmes desde la infancia. Todas eran cintas occidentales. Un buen día, sin embargo, descubrió el cine africano, hecho en su continente. "De repente comprendí que un negro podía hacer películas y desde entonces he luchado para ser cineasta", contó ayer el realizador en Tarifa, donde presentó Faro, la reina de las aguas. El de Traoré es un cine que se propone denunciar los lastres que, en su opinión, impiden a África salir del subdesarrollo. Faro encarna la tradición más enraizada y los ritos ancestrales frente a la razón y a un árbol, el de la ciencia, que no se yergue como el malí quisiera al otro lado del Estrecho.

Zanga, hijo bastardo, regresa como ingeniero a su poblado natal para averigurar la identidad de su padre. La vuelta le revela un modo de vida anclado en supersticiones y amuletos al que es bastante complicado hacer frente. La diosa del río es en realidad la que gobierna hasta la muerte de los vecinos. Traoré filma sin artificios y de forma pausada. "Tendría que exagerar la situación un poco más. África está peor incluso de lo que muestra la película", indicó el director.

En el segundo pase en Tarifa del filme, que compite en la sección oficial de largometrajes, su autor aprovechó para denunciar a viva voz aquello que reprocha con las imágenes. África, resaltó, se encuentra en un círculo vicioso que debe romper para abrazar un futuro mejor. El pueblo está sumido en la ignorancia y sus gobernantes prefieron mantenerlo en esa situación, clamó Traoré con la serenidad del tempo de su trabajo.

"Esta película es un grito del corazón", detalló el malí en el colegio Guzmán El Bueno, donde se proyectó su filme.

"Las autoridades africanas no aportan los medios necesarios para el desarrollo de sus pueblos. Sólo les interesa la población cuando llegan las elecciones. Una vez que alcanzan el poder, no hacen nada por el desarrollo", explicó Traoré.

Para el director, ese status quo es el que aboca a que en las aldeas africanas abunde la pobreza. "Su única esperanza es la tradición, que es la que no les permite el desarrollo. Es una idea de toda África en relación con el resto del mundo. África tiene riquezas, pero no tenemos educación ni herramientas para llegar a un cierto desarrollo. El desarrollo de un país empieza por la educación, pero los niños no van a la escuela", argumentó el cineasta.

"El protagonista de mi película tiene algo para dar, pero nadie quiere acercarse", expuso Traoré. "La situación de África la describe el fenómeno de la emigración clandestina. Sin embargo, tenemos recursos en nuestro continente. Los recursos humanos huyen sin imaginarse que debajo de la tierra hay riquezas".

"Los que están arriba no quieren que lo que están abajo suban. Los gobiernos no luchan porque les viene bien la ignorancia. Les viene bien que esta gente no esté educada. A sus hijos los mandan a estudiar fuera", censuró el cineasta, el cual añadió que, como en su película, los intelectuales que regresan se encuentran con el veto de las tradiciones para poder servir de algo.

En Faro, la reina de las aguas Traoré observa de manera crítica hacia dentro. Son las distintas miradas que ofrece el certamen tarifeño, que, sin ir más lejos, mostró el día anterior los reproches del director congoleño Balufu Bakupa-Kanyinda a las antiguas potencias coloniales. Se trata de una ficción muy marcada por el espíritu y el carácter de compromiso y denuncia.

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