La dificultad de narrar el horror

La mejor obra de no ficción que jamás se haya rodado sobre el Holocausto es Soah (1985) de Claude Lanzman, monumento de nueve horas de duración que tardó diez años en elaborarse y recoge testimonios de víctimas, verdugos y testigos del exterminio nazi de seis millones de judíos. La mejor obra de ficción que yo haya visto sobre el Holocausto es La zona gris (2001) de Tim Blake Nelson, que por primera vez se atrevió a entrar en el corazón del horror hasta ese momento considerado imposible de recrearse y filmarse: el funcionamiento de la fábrica de muerte compuesta por las cámaras de gas y los crematorios de Auschwitz. La primera era de producción francesa, la segunda norteamericana. ¿Y Alemania, qué tiene que decir sobre el Holocausto? Con acusada desmemoria se ha escrito que Último tren a Auschwitz es la primera película alemana sobre el exterminio y que prosigue la revisión histórica iniciada por El hundimiento de Olivier Hirschbiegel; pero no es cierto. De forma indirecta la cuestión se trató ya en 1946, en Los asesinos se encuentran entre nosotros de Wolfgang Staudte. Y de forma directa en Desnudo entre los lobos (1962) de Frank Beber, considerada la primera película alemana que retrataba el horror de los campos de exterminio; en la televisiva Relato de un campo de concentración alemán: 1939 (1965) de Egon Monk; o en La muerte es mi oficio (1976) de Theodor Kotulla, retrato del siniestro comandante de Auschwitz. Último tren a Auschwitz es, pues, una más entre las películas alemanas que tratan de la mayor culpa histórica de la nación (cometida, hay que recordarlo, en connivencia con todos los gobernantes nazifascistas de la Europa de la época).

Esta película relata con contención emocional y corrección formal la última gran deportación de judíos berlineses a Auschwitz en abril de 1943. El problema es que para narrar una humillación, un miedo y una crueldad que difícilmente pueden comprenderse, y por ello contarse, y para representar un horror difícilmente imaginable, que ni tan siquiera los testigos pudieron expresar del todo, es necesario ir más allá de la contención y la corrección. Los realizadores Joseph Vilsmaier y Dana Vávrová -alemán y checa- han intentado, por así decir, hacer una representación neoclásica de un motivo que sólo podría tratarse en las claves atormentadas de un Bosco o un Goya. Hay que agradecerles la honradez y la decencia de no cebarse en los aspectos más superficial o morbosamente sanguinarios, pero hay que reprocharles no haber sido capaces de recrear el infierno que los deportados vivieron en los vagones de ganado en los que se desarrolla casi toda la película. Además cometen errores puntuales, como el de quedarse a medio camino entre el relato coral y el centrado en personajes concretos; o la inserción de flash backs que presentan visiones idealizadas de momentos de felicidad vividos por los deportados. Lo primero hace que pierda fuerza documental sin ganancia de retratos de caracteres, lo segundo rompe el claustrofóbico encierro en el vagón. Por estas y otras razones, aunque se ve con la emoción propia del tema que trata y hay momentos logrados, en conjunto la película carece de esa verosimilitud fílmica que hace verdaderamente creíble, como experiencia propia, lo que se ve en la pantalla. Pedagógica, porque esto es algo que jamás debe olvidarse, y necesaria, porque el horror podría repetirse, El último tren a Auschwitz no logra alcanzar fílmicamente el loable propósito ético de sus autores.

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