Se descubrió el pastel

Cuando vi los títulos de crédito de My Blueberry Nights recordé las peleas en broma que algún desayuno que otro mantengo con un amigo que es uno de los muchos admiradores, en su caso más moderado que entusiasta, de Wong Kar-Wai, realizador de méritos reales pero exagerados por la crítica y los fans. Alguna vez, en parte para pincharle y en parte para desahogarme, le describía los universos del festejado realizador como un pastelón de almibarado colorín. Por eso cuando vi que los títulos de crédito de su debut norteamericano -que llega casi dos años después de su discreto paso por Cannes- consistían en planos multicolores de sustancias pegajosas cayendo sobre una tarta salté de alegría en la butaca: ya tenía tema para el próximo desayuno. También es verdad que al poco dejé de dar saltos y me fui sumiendo en el sopor hasta dar alguna cabezada que otra.

Me enveneno de azules se llamaba una justamente olvidada película de Regueiro. Pues aquí nos intoxicamos con el arco iris entero. Con una fotografía de un preciosismo irritante que sepulta bajo la leve capa de la cursilería los arrebatados sentimientos de los que pretende tratar, los protagonistas de esta película van de mostrador en mostrador deseando amar y ser amados. Sin lograrlo nunca del todo, claro, porque si no, no habría historia de desamores a la luz de los neones de los bares.

Todo empieza con una señorita de buen ver y bastante plasta herida de mal de amores que pega la hebra con el camarero -también de buen ver: en el universo de Kar-Wai todo el mundo es guapo- para desahogarse. La cursilería de los diálogos flagela los oídos desde el principio (¡esa explicación de por qué el camarero no se deshace de las llaves que se olvidan en su bar!, ¡esa metafísica de la tarta de arándanos no escogida!) y no dejará de hacerlo durante toda la película. De no tener Kar-Wai el salvoconducto crítico, los diálogos de este guión figurarían en la antología de los más relamidos, huecamente retóricos y cúrsiles de la historia del cine.

A juego con los diálogos que desarrollan las historias de desamor que se van entrecruzando está la puesta en imagen, tan cruel que no nos ahorra ni la cámara lenta o la suspensión a lo Lelouch del sonido (¡que el bueno de Claude inventó hace 40 años!) para calzar una canción sobre unas imágenes románticas (en el sentido más Ferrero Roché del término). Tras el largo arranque en el bar de las tartas vendrán las historias que la protagonista se cruza de bar en bar, desde Nueva York a Memphis y Las Vegas: la del policía enfermo de desamor desde que su provocativa mujer lo dejó por un macarra vaquero de pega, la de la mujer que lo abandonó, la de la ludópata... Así hasta completar el pastelón que, de tanto colorear el desamor, lo convierte en retórica de pacotilla. La carnalidad de unos labios y un beso hiperestetizado es todo lo que queda de esta repostería una vez vista. Lo demás es empacho.

La receta de esta tarta, como es habitual en el cine de Kar-Wai, incluye un chorreón de los multicolores cuentos de hadas y desamores de Jacques Demy, una cucharadita de barroco amour fou de Max Ophüls, una gotas del Coppola de Corazonada, un pellizco de las historias de desamor e incomunicación de Wenders, un horneo posmoderno a lo Auster y otros componentes que pueden ir de las exploraciones espaciales de Resnais o Antonioni a las del paisaje de los rostros bergmaniana, pasando por la poesía urbana de Winterbotton y los exteriores urbanos con trenes de Ozu. Naturalmente también hay algún elemento propio, como la suspensión de la duración o los envolventes movimientos de cámara, pero no es fácil identificarlo entre tantas importaciones (referencias, inspiraciones, copias) afectadamente utilizadas. Estupenda música, eso sí, como es habitual en el multicolor universo de Kar-Wai. Aunque demasiada y colocada con excesivo convencionalismo.

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