espido freire. escritora

"Todos creemos que leer es bueno, pero no se hace nada efectivo por su promoción"

  • La escritora presentó ayer en Málaga 'Llamadme Alejandra', una novela editada por Planeta con la que se mete en la piel de la última zarina de Rusia, Alejandra Románov

La escritora Espido Freire. La escritora Espido Freire.

La escritora Espido Freire. / Javier Albiñana

Hace 19 años que Espido Freire editó su primer libro y ya tiene 27 títulos en su bibliografía. Su mente "dispersa", como ella misma califica, le hace saltar de un proyecto a otro y poder llevar en paralelo historias muy diferentes. Como esta última, Llamadme Alejandra, sobre la que ha estado trabajando en la pasada década y media. La última zarina de Rusia le brindó un personaje complejo en el que reflejar las exigencias de la corte, las frustraciones de una madre y las intrigas a las que está sometido el poder.

-¿Cómo surgió Llamadme Alejandra? ¿Tiene que ver con el centenario de la Revolución Rusa?

-No, no tiene que ver con el centenario, llevo casi 15 años con este proyecto. Ésta es la historia en primera persona de la zarina, de una mujer a la que la revolución, como a tantos otros, le truncó la vida.

-¿Por qué le interesó este personaje, cómo llegó a ella?

-Cuando tenía unos 8 años me daba por hojear diccionarios y me llamó la atención una foto de esta mujer, de la zarina Alejandra. Empecé a preguntarle a los mayores y hubo un dato definitivo y es que los mataron la noche de mi cumpleaños. Durante un tiempo estuve hablando y preguntando por ellos con esa obsesión que se tiene a esa edad. El origen nace de ahí.

-¿Cómo ha sido la labor de investigación?

-El problema en este caso, a diferencia de otros, es que hay mucho. Hay tanta documentación por tantas partes, tan estudiada, sesgada ideológicamente o no, desde el punto de vista histórico o del mito... que lo complicado era saber con qué me interesaba quedarme. Ha habido mucha labor de criba. Esto no es un ensayo sino una novela, por lo que la criba tenía que ser necesariamente emocional, que aportara algo a un entorno, una atmósfera y un personaje.

-¿Y cuánto tiene de biografía?

-Realmente es una novela, lo que ocurre es cada uno de los datos está contrastado y es fiel. Desde la comida, la ropa a las ceremonias, todo está documentado de una forma muy rigurosa.

-Para contarlo en primera persona se ha tenido que meter en la piel de la zarina...

-Sí, de una mujer muy compleja, muy distinta a mí, de otra época, con otra mentalidad, de otra religión...

-¿Y qué es lo que más le ha apasionado del personaje histórico?

-De ella destacaría algo que ahora entendemos mejor pero que en su época no era nada fácil de comprender. Dividía muy claramente su yo público de su yo privado. Preservaba a ultranza su intimidad, sus cenas con su marido, sus niños acostados y bañados, algo que puede parecer normal pero por lo que tuvo que luchar y por lo que fue muy criticada. Una emperatriz no daba el pecho, no saltaba en la cama con las niñas, y eso sí lo mantuvo. De cara a la galería mostraba otro rostro, el problema es que no le gustaba ese mundo y se notaba mucho.

-¿No le gustaba la corte?

-No, no le gustaba todo lo que conllevaba pertenecer a una de las dinastías más importantes de Europa y a uno de los gobiernos más poderosos. Lo llevaba de mala manera, era muy tímida y esa timidez se confundía con altivez. No le gustaba que la adularan, no entendía los sinsentidos de la corte y eso le hizo ganarse muchos enemigos. Cuando vieron que no la podían manipular llegó el aislamiento. A eso se sumó la enfermedad de su hijo.

-Pero la vida pública pesó mucho para esta familia...

-Sí y para ella fue un conflicto. Fue de las primeras monarquías rigurosamente documentadas en fotografías, hay fotos de los niños desde que nacen, hay películas grabadas, había mucha curiosidad por cosas que antes eran más restringidas. Es una monarquía moderna, la más contemporánea de Europa, y eso le dio problemas. Entró la prensa rosa, desde luego, pero también la propaganda política totalmente contraria a la existencia de esas figuras. Y eso no lo supieron manejar.

-Los otros personajes que la rodearon, Rasputín, por ejemplo, ¿qué importancia tienen en la historia?

-Todo está filtrado a través de ella. De Rasputín, del que todos hemos oído leyendas, sólo vemos lo que Alejandra quiere ver. Ella lo llamaba "mi amigo". Pero el lector tiene ventaja porque sabe más. La sensación de equivocación, de destino, eso de quererla prevenir frente a algo que el lector sabe inevitable... con eso juego también.

-Dice que la zarina fue víctima de bulos de todo tipo, ¿como cuáles?

-Por ejemplo su desatada vida sexual con Rasputín, que parece demostrado que era falso. Se cree que la única historia de amor que vivió fue con su marido, con Nicolás, fueron un matrimonio muy feliz y una familia unida. Rasputín era su confesor, el hombre santo que venía a curar a su hijo. Lo que ocurría es que estaban muy celosos en su entorno de la influencia que podía ejercer sobre ella. Por otro lado, los revolucionarios aprovecharon el flanco débil que le presentaba la monarquía con Rasputín. A Alejandra la consideraron una traidora a la patria y una mujer lasciva. Sin embargo, estaba enferma del corazón, cuidaba del niño que estaba a punto de morir con cada caída y estaba preocupada por todos... El contraste es brutal y es lo que me atrajo más.

-¿El país tuvo conocimiento de la hemofilia de su hijo?

-No, no se debía de saber, imagina el escándalo. Fue el heredero queridísimo. Después de cuatro chicas y dos embarazos psicológicos nació el niño, rubio, precioso pero mortalmente enfermo. No se hizo público jamás.

-¿Alejandra intuyó su final?

-No lo sabemos. La hija mayor, que tenía 23 años cuando la mataron, en algunas de sus cartas expresa una desesperación que es muy conmovedora. Era una chica despierta y pasó por momentos de un abatimiento muy profundo. El niño posiblemente era muy consciente de que estaba muy enfermo. Tuvo unas crisis brutales y era consciente de su fragilidad.

-La Noche de los Libros se celebra hoy en La Térmica y todo el país se vuelca en actos en torno al 23 de abril. ¿Hace falta programar actividades sociales para promover un acto tan íntimo como la lectura?

-Siempre es necesaria la promoción. España es un país en el que habiendo una tradición literaria ejemplar, somos cuna de clásicos y origen de un idioma importantísimo, tenemos un índice de lectura y apuesta por el libro muy bajo. Comparado con el resto de Europa casi risible. Todos estamos de acuerdo en que leer es bueno, queremos que los niños lean, pero no se hace nada efectivo, real, por la promoción salvo iniciativas muy puntuales.

-¿Cuesta más llegar a los lectores que hace una década?

-La crisis ha sido feroz para todos. Si la sanidad y la educación han tenido recortes brutales no se puede la gente imaginar los que ha tenido la cultura. Los autores españoles, salvo un puñado de excepciones, no pueden vivir de sus libros, muchos han tenido que replegarse porque no hay un espacio público.

-¿Cree que la velocidad actual, el ritmo de vida, perjudica el hábito lector?

-Hace 20 años no había Youtube ni redes y se leía parecido o menos. No creo que esto esté alejando a la gente de los libros. El libro no tiene ese competidor porque no están en el mismo nicho. Las redes sociales permiten una promoción que antes no existía. Comunicar ahora mismo es importante, para todos los terrenos.

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