El control de la mala conciencia

Al veterano Ken Loach le llegan el éxito y el reconocimiento (Palma de Oro en Cannes por El viento que agita la cebada, Giraldillo de Oro en Sevilla por En un mundo libre...) justo cuando su cine ofrece mayores síntomas de agotamiento, cuando más adocenado y complaciente se muestra, ya sea en sus visitas históricas (Tierra y libertad), en sus viajes por el planeta (La canción de Carla, Pan y rosas) o dentro de los límites de la Gran Bretaña contemporánea que conoce de primera mano (Mi nombre es Joe, La cuadrilla), en el uso (y abuso) de una determinada fórmula de realismo social de grandes temas.

Una vez más, el severo y comprometido Loach no parece estar dispuesto a dar descanso a su particular cruzada contra las injusticias y lacras sociales de nuestro tiempo. Tampoco a su desgastado y cada vez menos estimulante estilo, que insiste en revestir de credibilidad pseudodocumental esquemas dramáticos y narrativos que, desde un apriorismo dogmático con tesis más o menos acertadas o plausibles, confía toda su eficacia a la manipulación y el control del espectador a partir de las calculadas derivas de un guión atado y bien atado, cortesía aquí de su colaborador habitual Paul Laverty.

La inmigración, su contexto sociopolítico en Gran Bretaña (y por extensión, en la Europa del bienestar), es ahora el sangrante tema protagonista de una cinta que se escora inevitablemente hacia el panfleto, un filme con las tuercas bien apretadas y sin auténticos respiraderos realistas (a saber, aquellos que, a través de la puesta en escena, nos desvelen algo que no esté ya precocinado antes de rodar un plano), que insiste en subrayarnos, a nosotros, espectadores sensibles y concienciados, lo feo que está el asunto de los sin papeles, lo mal que se hacen y ejercen las políticas de regulación y lo complejo de una situación que, en un momento dado, puede convertir a cualquier hijo de vecino, incluso con sus mejores intenciones, en un pequeño explotador desalmado y sin conciencia.

Para llegar a semejante (y falseada) moraleja, Loach y Laverty no dudan en convertir la historia de Angie (Kierston Wareing, el único descubrimiento de una película en la que no descubrimos nada nuevo), una aguerrida madre soltera y trabajadora que decide abrir un negocio de colocación de inmigrantes, en un melodrama caprichoso y de desarrollo mecánico, por momentos incluso cercano al sensacionalismo (véanse algunos giros y situaciones como la extorsión tras el secuestro del hijo o el casual reencuentro con una familia iraní tras una llamada de denuncia), a través de una historia que sólo busca, a pesar de su aire de crónica, subrayar una idea, soltarnos un sermón, convencer, en definitiva, a los ya convencidos.

Como nada es casual ni inocente en este negocio, la película, que se presentó en Venecia en verano de 2007, se estrena en España justo el mismo día en que arranca la campaña electoral. Que cada cual saque sus conclusiones.

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