La canción de la tierra

Una corriente subterránea une las miradas de Pascale Ferran (Lady Chatterley), Apitchapong Weerasethakul (Blissfully yours, Tropical Malady), Gus Van Sant (Gerry, Last days), Hirokazu Kore-eda (After life, Distance), Kelly Reichart (Old joy), Abbas Kiarostami (Y el viento nos llevará), Terrence Malick (El nuevo mundo), Werner Herzog (The white diamond, Grizzly man) y Naomi Kawase (El bosque del luto), cineastas de diferentes generaciones y trayectoria que, desde ámbitos lejanos y distantes, han abrazado de forma común una determinada estética que hace comulgar a los cuerpos y la naturaleza desde la depuración de las posibilidades del registro fotográfico del cinematógrafo. Un cine que se abre al azar como premisa, que renuncia al relato como trayecto predeterminado, un cine poroso y atento a lo contingente que busca su cadencia y su respiración lejos del mundanal ruido de las imágenes de nuestra época, un cine de epifanías y revelaciones que busca la trascendencia hurgando en su propia esencia ontológica de tiempo y espacio fotografiados.

La japonesa Naomi Kawase, de la que al fin podemos ver estrenada una película en nuestro país (el Premio del Jurado en Cannes ha ayudado) tras una década de deslumbrantes aportaciones a la ficción y al documental (Suzaku, Shara, Letter from a cherry blossom girl, Kage, Cielo, viento, fuego, agua, tierra, Tarachime), sitúa esta peculiar mirada impresionista y libre en un contexto cultural muy preciso y delimitado por su cine y su propia autobiografía, el del Japón rural arraigado en sus tradiciones, impregnado de cierta espiritualidad budista, el de un tiempo reposado y contemplativo en el que la vida y la muerte conviven a través de los rituales y en estrecho vínculo con los elementos de la naturaleza.

El luto y el duelo, la huella (dolorosa, presente) de una ausencia, la confrontación de la muerte, son temas recurrentes en el cine de Kawase. El bosque del luto los condensa en su escueta e intensa premisa: Machiko y el señor Shigeki se encuentran en un asilo para ancianos de la montaña; ella ha llegado allí para trabajar como cuidadora tras la muerte de su hijo; él coquetea con la locura y se resiste a olvidar a su esposa, muerta 33 años atrás; tras tantearse mutuamente en su dolor e iniciar unos juegos inocentes, ambos emprenden juntos una excursión a un bosque cercano.

Kawase los acompaña liberando su cámara para acercarse a los rostros, a las manos, a los pequeños detalles del entorno, tejiendo un entramado sensorial, imbuido de un cierto preciosismo.

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