El buen tonto

El Josie de Garage bien pudiera ser una versión irlandesa y rural de aquel Tonto Simón al que cantaron Radio Futura. Él es el tonto de gorra calada de un pequeño pueblo que lleva 20 años trabajando en una gasolinera y que en sus ratos libres pasea por los senderos o acude al pub local para tomarse unas pintas de cerveza negra.

Josie (un Pat Shortt que se juega la credibilidad en cada escena, inopinadamente contenido en el difícil reto de interpretar a un discapacitado sin pasarse de rosca) ocupa el plano en soledad, reencuadrado por ventanas y puertas, hablando en voz alta o dialogando con su joven ayudante y con los paisanos que, condescendientes, le dan conversación mientras llenan su depósito. Su día a día se reduce al ritual de lo cotidiano, a un aferrarse a las pequeñas cosas que le permitan mantener la sensación de estar vivo y pertenecer a una comunidad.

Crónica depurada y minimalista de la soledad del buen hombre para públicos selectos, metáfora del abandono y la exclusión, la película de Lenny Abrahamson y Mark O'Halloran (Adam & Paul) nos dibuja un lacónico paisaje tan intensamente humano como voluntariamente antisentimental, medido en su voluntad de no sobrecargar el drama y la tragedia (anunciadas), preciso y sereno a la hora de trazar un retrato de un involuntario outsider y sus circunstancias.

En la inquebrantable fidelidad a sí misma y al tempo sosegado de su mirada, en su esencial contención (de cara a la galería), nacida de las entrañas del despojado paisaje indie que retrata, y en un hermoso final casi bressoniano reside no sólo el encanto sino la calculada hondura de esta pequeña (y por momentos gran) película.

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