Más que un 'biopic' con interpretación espectacular

Biopic/drama, Reino Unido, 2014, 123 min. Dirección: James Marsh. Guión: Anthony McCarten (basado en el libro de Jane Hawking). Fotografía: Benoît Delhomme. Música: Johann Johansson. Intérpretes: Eddie Redmayne, Felicity Jones, Emily Watson, David Thewlis, Charlotte Hope. Cines: Odeón Los Barrios.

Hay interpretaciones tan deslumbrantes que oscurecen la película a la que pertenecen. Podría haber sido el caso de Eddie Redmayne y su asombrosa transformación en el cuerpo progresivamente atormentado por la enfermedad de Stephen Hawking. Interpretar a discapacitados o enfermos es un camino seguro al éxito y los Oscar. De una parte está el factor Lon Chaney de transformarse en otro hasta hacerse irreconocible; y de otra la habilidad -y los sacrificios que conlleva- para simular limitaciones físicas o mentales. El público siempre ha admirado estos alardes -a veces un poco circenses- y el carácter camaleónico de la interpretación.

También ha gustado desde los inicios del cine de las películas que cuentan las luchas de grandes personajes con sus entornos y con ellos mismos, en el caso de que fueran víctimas de alguna carencia. No se trata de las biografías al aire libre de exploradores o aventureros, sino de aventuras vividas en laboratorios o estudios en los que científicos, escritores o artistas han hecho aportaciones decisivas a la humanidad a costa de grandes sacrificios y a veces venciendo severas limitaciones. Por eso si se funden las interpretaciones espectaculares de limitaciones físicas o mentales y las biografías de grandes hombres atormentados el éxito es seguro. Recuerden al majareta Van Gogh interpretado por Kirk Douglas en El loco del pelo rojo, al enano Lautrec interpretado por José Ferrer en Moulin Rouge, a la sorda y ciega activista Hellen Keller interpretada por Patty Duke en El milagro de Anna Sullivan, al pintor y poeta Christy Brown afectado por parálisis cerebral interpretado por Daniel Day Lewis en Mi pie izquierdo o al premio Nobel de Economía John Forbes Nash Russel víctima de esquizofrenia paranoide interpretado por Rusell Crowe en Una mente maravillosa.

Por este camino transita La teoría del todo y, como suele suceder cuando se cruzan una historia de estas características con un buen director y un intérprete excepcional, el público la ha aclamado, los premios le han llovido y -tiene cinco nominaciones al Oscar- le pueden seguir lloviendo. Eddie Redmayne logra hacer creíble a alguien aún vivo -lo que siempre plantea problemas de verosimilitud en la caracterización- y universalmente famoso y mediático, cuya imagen es uno de los iconos del siglo XX, y tan duramente castigado por la enfermedad que la recreación de su fisonomía atormentada podría haber incurrido en la exageración y hasta la caricatura. No es fácil explicar lo que Redmayne hace. Hay que verlo. Se transfigura.

Una interpretación tan potente y espectacular debería deslumbrar hasta el punto de oscurecer la película. Pero hay sorpresas: porque se le enfrenta otra gran interpretación, la de una conmovedora Felecity Jones que logra no ser devorada por su contrincante; y porque el realizador James Marsh logra que esta interpretación, que al fin -no se olvide- es también resultado de su dirección, no devore tampoco a la película. No extraña en un tipo serio que mide muy bien sus pasos logrando originales y creativas películas documentales (Man on Wire, Proyecto Nim) y sólidas obras de ficción (The King, Agente doble). Marsh es un tipo serio y logra dominar el monstruo que él mismo ha contribuido a crear, poniéndolo al servicio de esta inteligente, elegante y conmovedora película que logra la contención en el mismo límite del desbordamiento interpretativo y emocional.

La teoría del todo es así un atípico biopic que logra entusiasmar, sorprender y emocionar convirtiendo tres luchas en gran (y no superficial) espectáculo cinematográfico: la que se libra entre el cuerpo enfermo y la poderosa mente de Hawking; la que se libra entre dos intérpretes que utilizan las más dispares armas imaginables: la espectacularidad (nunca exagerada o circense) de Redmayne frente a la sutil contención de Felicity Jones; y la que se libra entre el Hawking y su primera esposa -sobre todo por parte de ella- para salvar un amor enfrentado cada vez a más graves problemas. Porque esta no es una película científica, sino una historia de amor. Mejor: la historia de cómo una mujer inteligente y sensible, casada con un genio asediado por la enfermedad y por su propio carácter, intenta salvar su matrimonio y su historia de amor.

Poco a poco, ¡milagro!, la habilidad de Marsh y el talento de Felicity Jones van haciendo que la película, cuyo guión se inspira al fin y al cabo en las memorias de ella, empiece a girar en torno al personaje de la mujer de Hawking. Singular coincidencia interpretativa: hace sólo un año Felicity Jones interpretaba el papel de otra mujer en desigual lucha por el amor de un genio (en este caso Charles Dickens) en La mujer invisible. Aquí la espectacular interpretación de Redmayne no la hace invisible. Ni a ella ni a la película.

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