Un adiós señorial de Jesulín y una gran faena de Ponce

  • La autoridad de la plaza de Acho, el municipio de Rimac, implantó un proyecto piloto de análisis de las encornaduras detectándose claros signos de manipulación

Varios hechos han marcado la realización de esta Feria del Señor de los Milagros, empezando por las indecisiones de la empresa para contratar el ganado y dar a conocer los carteles -que por unas u otras razones, fueron cambiando hasta la misma corrida del domingo pasado que dio el cerrojazo a la Feria- y como consecuencia de la improvisación de última hora, la reducción de seis a cuatro corridas de toros y la reseña y compra tardía del ganado en México, y la salida de Justo Benítez de la empresa.

Pero sin duda lo más importante fue la actitud seria de una autoridad -el Municipio del Rimac, viejo barrio limeño cuyo alcalde es por reglamento, el presidente de la corrida (aunque habitualmente delega estas funciones)- que en un proyecto piloto que deberá convertirse en práctica habitual en los años siguientes, hizo analizar en el laboratorio de la Facultad de Veterinaria de la prestigiosa Universidad Mayor de San Marcos (la más antigua de América) de dos reses de la segunda corrida, cuatro de la tercera y pretendió que se analizasen las seis de la cuarta, siendo, hasta el momento en que escribimos esto, imposible de realizar, en vista de que la empresa actual, en actitud de rebeldía ha impedido el traslado de los pitones a la universidad, para que se lleven a cabo en ellos, los protocolos de análisis respectivos.

Cabe agregar que aunque los dos pitones de la segunda de Feria resultaron sin manipulación en los análisis biométrico y estereoscópico, de los cuatro pitones de la tercera -el cartel cumbre de la Feria- analizados, dos resultaron con claros signos de manipulación, y los otros dos "con indicios suficientes pero no confirmados por no haberse hecho análisis micrográficos adicionales", según se lee en el documento oficial de la Municipalidad.

La feria, tarde a tarde

En la primera se vieron con cinco

reses de Reyes Huerta y un sobrero peruano de Salagual (quinto bis). Vicente Barrera -que tuvo mucho cartel en los noventa y venía anunciado inicialmente para un festival y entró en la corrida cuando se cayó del cartel El Fandi- Eduardo Gallo y el nacional Fernando Roca Rey. Poco recuerdo deja en la mente: Barrera gris, Roca Rey acusando su estancamiento, y Gallo aparte de dos series de naturales templados por el mejor pitón del toro, dijeron poca cosa más.

Distinto camino tuvo la segunda. Se despedía Jesulín de Ubrique de Lima donde, según lo registramos en un artículo en el diario local El Comercio, probó el domingo 19 de febrero de 1995, en una placita hoy desaparecida que se llamó "Las Arenas de Lima", su cambio de estilo, encerrándose con seis toros de la ganadería local de La Viña. Jesús Janeiro rubricó lo que empezó en Lima hace doce años, con clase y profesionalismo del más alto nivel. A dos toros sosos y aplomados de los seis de Fernando de la Mora, les dio el tipo de lidia que los aficionados paladean, llevando a los toros embebidos en la muleta sin dejar tocársela, templando la embestida, ligando los pases en naturales largos corriendo la mano y en derechazos sin fin abrochados con, casi siempre, dos pases de pecho y como dice el libro del buen torear: de pitón a rabo. De pintura fue la manera como cuadró al segundo para la muerte: con la muleta recogida en la cadera izquierda y el estoque en la derecha, pasito a paso y sin detenerse nunca, despacio como se hacen las cosas bien a los toros, fue dando un semicírculo de ciento ochenta grados alrededor de la res, cambiándole los terrenos y dejándolo igualado. Lo mató de una estocada que le salió muy desprendida y que fue exageradamente premiada con dos orejas, protestadas por el público. Jesulín las tiró al tendido antes de dar una triunfal vuelta al ruedo entre cerradas ovaciones como la que lo despidió en su salida a hombros. Al primero le había cortado también una oreja. Una despedida señera y señorial en una plaza más que bicentenaria donde el buen gusto se entiende tanto como el buen toreo.

Acompañaron a Jesulín esa tarde, Miguel Ángel Perera que hizo dos faenas de mucha enjundia y temple, bajándole mucho la mano al toro y culminándolas con un arrimón con sentido que, a diferencia de los arrimones valentones, se quiso parecer por su medida y su dominio, a los de Paco Ojeda. Cortó una oreja protestada porque la estocada cayó baja. Estuvo también en el cartel Ángel Teruel -hijo del buen torero que ganó dos Escapularios en Lima- que no justificó su inclusión en los carteles.

La tercera, cartel cumbre denominado por la empresa "la corrida histórica" tuvo su sol y su sombra. Enrique Ponce, El Juli y Sebastián Castella lidiaron seis toros mexicanos de Bernaldo de Quirós sin presencia ni casta ni clase y muy justitos de fuerza que aceptaron a duras penas un picotazo y fueron pitados. Y que a la postre resultaron con las astas tocadas como reseñamos más arriba.

Sin embargo y a pesar de que los toritos no tenían respeto, Ponce, maestro en los dos pero particularmente en su segundo, cuajó una de las mejores faenas que hayamos visto en el bicentenario coso de Acho. Con mando y temple infinito dejó derechazos largos y sentidos, naturales de cante grande, circulares invertidos, pases de pecho y todo, absolutamente todo, ligado, compacto y homogéneo y tapándole con la muleta, las tablas al toro para quitarle de la vista la querencia. Culminó con su vistoso abaniqueo y dejó un pinchazo hondo que bastó. Paseó en la apoteosis de un público entregado, dos orejas que de haber sido de un toro, como aquellos zalduendos del año pasado en Sevilla, le hubieran asegurado el Escapulario del Señor de los Milagros.

Con Ponce torearon El Juli que estuvo en gris aunque tuvo el lote menos aparente y dejó pinceladas de su maestría y Castella que nos volvió a dar más de lo mismo: la faena que tiene estructurada con los pases cambiados al principio y un arrimón al final, no supo darle la distancia al torito que era el que mejor embestía de la corrida. Mató muy mal al primero y cortó una orejita del segundo.

Y el cierre vino con otro sobresalto, la caída de El Juli del cartel sin que se explicara correctamente la razón, reemplazado por Miguel Ángel Perera que junto al local Freddy Villafuerte y a Sebastián Palomo -el hijo de Palomo Linares- que se las vieron con otro encierro mexicano, esta vez de Teófilo Gómez, muy bien presentado en líneas generales con el que Perera se volvió a lucir en dos faenas de su firma que emborronó con el estoque y con ello se le fue la segunda oportunidad de llevarse el Escapulario de oro del señor de los Milagros. El peruano Villafuerte, nervioso y sin sitio vio deslucida su despedida con los pitos que le dedicaron sus paisanos y Palomo gustó más en su primero que en el segundo, pero se justificó.

El aperitivo de la Feria fueron un festival, que entretuvo y del que se cayó para sorpresa de muchos que lo esperábamos el matador de toros Francisco Ruiz Miguel, y una novillada en la que debutó en Lima el novillero de 15 años, natural de Cáceres, Jairo Miguel, que hace campaña en México y que dio muestras de bien hacer y torería. Perdió las orejas de su segundo por pincharlo dos veces.

Los Escapularios de oro y plata, a la mejor faena y al mejor toro del serial serán votados en breve por el jurado escogido por la Municipalidad del Rimac para este efecto.

Etiquetas

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios