Zoé en el país de las maravillas

  • El Circo del Sol representa en diciembre, en Málaga y Sevilla, 'Quidam', un espectáculo sobre una niña que viaja de la realidad a un mundo de fantasía

Con sus portentosos acróbatas desafiando a la lógica en números asombrosos, el colorido y la sofisticación del vestuario y la escenografía de cada proyecto o esas músicas evocadoras en las que se mezclan los sonidos de diferentes tierras, los montajes del Cirque du Soleil, el Circo del Sol, siempre devuelven al espectador adulto la maravillosa ilusión de la infancia, esa convicción de que existe un mundo de prodigios donde todo está próximo al milagro y lejos, muy lejos del tedio. Precisamente de la imaginación como antídoto al aburrimiento, y de la posibilidad de recobrar al niño que uno fue, trata Quidam, el espectáculo que hace parada en Andalucía en diciembre, antes en el Palacio de Deportes José María Martín Carpena de Málaga (del 5 al 8) y después en el Palacio de Deportes San Pablo de Sevilla (del 18 al 22).

La joven Zoé, interpretada por la italiana Alessandra Gonzalez, convive con unos padres que parecen haber olvidado la importancia de la evasión. El progenitor se muestra escondido tras un enorme periódico; la madre se presenta ante el público abstraída y desesperanzada. Zoé no entiende la gravedad con que se comportan sus familiares y anhela escapar de esa casa donde la vida se ha estancado y no corre aire fresco. Quizás por esa necesidad empieza a desplegarse ante ella un mundo paralelo en el que todo está tocado por la magia: un universo donde los movimientos invitan a la sorpresa y donde el cuerpo humano escapa de lo previsible en las contorsiones y las pruebas más inesperadas. En Quidam hay atletas que realizan contorsiones aéreas agarrados únicamente a un trozo de tela o que ejecutan abrumadores giros dentro de un aro de metal llamado rueda alemana, artistas que forman posiciones imposibles con sus cuerpos, gimnastas que vuelan sobre el escenario enredados en cuerdas o malabaristas deslumbrantes... La destreza que ha hecho del Circo del Sol una marca conocida en todo el mundo -en 2012 tuvieron 20 producciones girando por el planeta- vuelve a dejar en esta propuesta pasmados a los espectadores.

Como le ocurre a Zoé, Alessandra Gonzalez tiene todavía la impresión de estar viviendo un sueño. Hija de un cantante de ópera, formada en ballet y piano, la italiana se impuso -en un casting que el Circo del Sol promovió desde su página de Facebook- a otras 2.000 candidatas por su impresionante voz y un físico que se ajustaba a la protagonista. "Buscaban a una chica bajita y soprano, alguien que diera el tipo de una niña pero que tuviera experiencia con giras", explica en un encuentro con los periodistas en Colonia (Alemania) Gonzalez, que a sus 25 años interpreta a una chica de 12, pero cuenta con la veteranía de haber dado vida en su carrera a personajes emblemáticos como la Wendy de Peter Pan, la Dorothy de El mago de Oz o la Satine de Moulin Rouge!. La soprano aclara que en sus canciones no utiliza un lenguaje preciso, sino "una mezcla de inglés, italiano, francés. Las canciones no tienen tanto palabras como emociones", indica.

Gonzalez se sumó no hace mucho -en 2011- a esa multitudinaria familia del Circo del Sol: sólo en Quidam participan 45 artistas de 19 países; si se tienen en cuenta los técnicos, son 100 personas de 25 nacionalidades. "Como todas las familias, tenemos desencuentros y momentos alegres, pero hay un respeto muy grande entre todos, por lo que hace cada uno", apunta una actriz que, aunque no lo pide su trabajo en Quidam, está aprovechando la convivencia con sus compañeros para aprender acrobacias, y que procura acordarse del privilegio que supuso su elección para no desanimarse por estar lejos de su casa. "Algunas veces te olvidas de lo que estabas haciendo antes. En esos momentos me acuerdo de lo que sentí cuando me enviaron el contrato, de la alegría que me dio que me eligieran", expresa.

En su recorrido, acompaña a Zoé un enigmático, expresivo y un tanto desquiciado maestro de ceremonias, John, encarnado por el estadounidense Mark Ward, para quien su personaje "siempre está haciendo cosas divertidas, porque es un niño atrapado en un cuerpo de hombre". Para este actor y bailarín, que se unió al Circo del Sol hace 20 años, Quidam aporta una pequeña ruptura en los planteamientos estéticos de la compañía. "Es el show más humano del Cirque. En él hay mucha fantasía, pero el espectáculo usa elementos de la vida real, y por eso el vestuario es más neutro, menos imaginativo. La obra propone un mensaje de esperanza: habla de que los niños saben divertirse y los adultos lo han olvidado. Me gusta definir Quidam como un camino de emociones", asegura este intérprete que ha celebrado sus 7.000 funciones con el Circo del Sol -las primeras, antes de incorporarse a Quidam en 1999, fueron con Mystère- y que en estas dos décadas no se ha perdido por ningún imprevisto una sola actuación.

"Me suelen preguntar por eso, por el tiempo que llevo, pero nadie le cuestiona a alguien que trabaja en un banco por qué lleva 20 años", se rebela Ward. "Aquí estoy con una sonrisa, viajando por el mundo, con artistas impresionantes como compañeros. Empecé con 27 años con el Cirque y ahora tengo 47. No, no creo que aguante otros 20 años, uno ya nota su edad, y también quiero hacer otras cosas", asegura. Sorprende, en todo caso, que vislumbre el declive alguien que mantiene unas impresionantes condiciones físicas.

La experiencia que posee Ward le lleva a distinguir entre los diferentes auditorios ante los que ha actuado. "Quizás en España el público es más booom. El español es un público fácil, que se impresiona, que responde", considera el actor. "En Japón, los espectáculos están llenos de gente, pero hay mucho silencio. Luego los espectadores se acercan al camerino con flores y regalos, pero la verdad es que durante el show no hacen nada", analiza. Quidam ya se vio en Málaga, pero, argumenta Ward, las creaciones del Circo del Sol siempre evolucionan con los años. "Siempre hay alguien saliendo o llegando, siempre hay sangre nueva. Cada artista tiene algo que compartir y eso se nota en el resultado", dice, antes de añadir que "en Málaga, cuando estuvo, por ejemplo, eran cuatro chicas las que jugaban con el diábolo, ahora es un hombre".

La razón de este cambio, informa Brigitte Baril, del departamento de producción, es que Quidam está representándose actualmente por Europa en arenas, complejos concebidos para exhibiciones deportivas y espectáculos, y no en carpas. "En la carpa hay escuelas, pero para las funciones en otros espacios no la llevamos. Por eso todos los que trabajan ahora en Quidam son mayores de edad", expone Baril.

Los números se han adaptado a las nuevas circunstancias, pero la complejidad de las infraestructuras sigue siendo enorme. El brasileño Sergio de Olivera, técnico de carpintería, señala que se necesitan unas 10 horas (y cuatro camiones que trasladan el material) para montar el escenario. Son 22 técnicos los que van de gira, pero en cada ciudad hay que contratar personal. Para el armado se requieren 70 trabajadores, para el desarmado unos 80. Durante el espectáculo, cada departamento se centra en aspectos determinados, pero es frecuente que los especialistas se desdoblen: Olivera se encarga de la iluminación y del cañón de luz, "pero también de poner los arneses a los acróbatas o de preparar el material que va a necesitar en escena cada artista".

En vestuario, otro ejemplo de esa familia internacional que es el Circo del Sol y donde conviven una chilena, una coreana, una canadiense y una brasileña, también lidian con una complicada logística. Todos los días se lavan y se peinan pelucas o se pintan zapatos, y se reparan las prendas deterioradas. En algunos casos hay que actuar con mucho cuidado: un mínimo agujero en la ropa puede dañar a algunos atletas que trabajan con cuerdas, ya que el roce con la soga, a la velocidad con la que se mueven, provoca quemaduras, explica Rosita Espinosa, jefa de vestuario. Todas las piezas se confeccionan en Montreal -la sede del Circo del Sol- y "hay que tener las previsiones con tiempo, porque entre que se hace un pedido y llega se tardan unos 6 meses".

A pesar del rigor con el que todo se afronta en el Circo del Sol, ninguna función es igual a otra. Lo sabe el argentino Guillermo Castiñeiras, Toto. "Esta rutina es siempre diferente. Un día sales cansado al escenario y la energía que encuentras te cambia", opina. Toto, que en su fragmento sube a gente del público a las tablas para implicarla en un disparatado rodaje, relaja con escenas divertidísimas la tensión vivida antes, en las acrobacias al límite. "El circo tiende a la burbuja pasteurizada, pero el clown rompe esa cáscara de huevo, esa perfección, y aparece otra cosa. La historia del clown es ir contracorriente", asegura este actor que mantiene su compañía en Buenos Aires y que escribe "un montón" durante las giras del Circo del Sol para sus proyectos personales. Como Ward, Castiñeiras también advierte sensibilidades muy diversas en los países que visitan. "Yo levanto a cuatro mexicanos y todos somos amigos. Pero en España no gusta la cosa grupal. Preocupa mucho el espacio personal, les incomoda hacer el ridículo y les inquieta hacerlo bien", cuenta Toto. "El circo es maravilloso, pero hay riesgo de que las cosas estén mal. Hay que estar muy alerta".

Etiquetas

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios