Luis Soler. flamencólogo

"Viene un tiempo duro para el flamenco que ya atravesamos"

  • El estudioso recibe hoy un homenaje de la Peña Flamenca Linense con cantes de José Canela, hijo de uno de sus intérpretes predilectos

Luis Soler, con la Palma de Plata del Cante Grande. Luis Soler, con la Palma de Plata del Cante Grande.

Luis Soler, con la Palma de Plata del Cante Grande. / erasmo fenoy

Luis Soler (Málaga, 1944) es hoy un mito viviente del estudio del flamenco. Decenas de libros, artículos y publicaciones llevan su firma, sinónimo de calidad y rigor en la investigación y la difusión de este arte. Aquella magia del cante jondo, emanada de los discos de pizarra que escuchaba junto a su padre, lo enamoró. Atrás quedó su larga residencia en Algeciras -donde fue incluso concejal del PCE- y sus años de activismo político y cultural en el Campo de Gibraltar. La Peña Flamenca Cultural Linense lo homenajea hoy con la voz en vivo de José Canela, en un inicio de temporada que está resultando muy emotivo para él y que tendrá su continuación el 9 de octubre. Ese día honran conjuntamente su trayectoria las universidades de Sevilla y Málaga en el rectorado de la capital costasoleña. El flamenco ha sido y es su vida. Y escucharlo hablar sobre ello es un auténtico placer, beber de una fuente de conocimiento.

-En 2016 recibió usted el homenaje poético que IU organiza anualmente en la plazoleta San Isidro, en Algeciras, y ahora le ha llegado otro reconocimiento en La Línea.

-Es cierto, parece que la gente me tiene estima. Yo no he hecho ningún esfuerzo para ello, pero veo que mi nombre es un recuerdo agradable en el Campo de Gibraltar. Eso me llena de satisfacción, pero debe constar que lo único que he intentado ha sido cumplir con mi deber de ser honesto y tener vergüenza. He luchado por que mis ideas y propuestas beneficiaran a una mayoría social, mientras otros se dedican a dar saltos. Yo no. He querido gozar de la confianza de la ciudadanía bajo una opción política determinada y un programa concreto, no he entendido el servicio público de otra manera.

-¿Cuándo se enamoró del flamenco Luis Soler?

-Desde muy pequeño. Tenía 6 años y escuchaba los discos de pizarra que ponía mi padre. De ellos salían las voces de Tomás y Pastora Pavón, Manuel Torre, Don Antonio Chacón, Manuel Vallejo, Cayetano Muriel… Yo tenía 8 o 9 años y me vestían como Juanito Valderrama y me ponía a cantar por él. Y ya luego, desde los 14 o los 15, recorría las tabernas de Málaga con mis amigos buscando el cante hasta las cuatro de la mañana. Ahí empecé mi relación con la peña Juan Breva y hasta los 23 en que llegué a Algeciras.

-¿Qué Algeciras se encontró?

-Tuve una impresión difícil de explicar. Era una ciudad abandonada por las autoridades, era más un pueblo pegado a un puerto que lo contrario, con su territorio por ordenar y en el que faltaban todo tipo de equipamientos y servicios. En los años posteriores -bastante luego de esto- me esforcé mucho por un plan general que aliviara todos estos problemas, pero siempre ha faltado paciencia e inteligencia. Una transformación urbanística no sale de un día para otro como la hierbabuena, sino que se necesitan décadas y un ejercicio constante de diálogo y democracia.

-¿Y el panorama flamenco de aquellos años?

-Bueno, yo no soy socio fundador de la Sociedad del Cante Grande de Algeciras, que precisamente arrancaba en aquel tiempo. El acento en la época se ponía en la canción española, el pasodoble… No tenían protagonismo ni la soleá ni la seguiriya. Paco de Lucía había marchado a Madrid con su familia pero estaba Chiquetete. Hice gran amistad con Pepe de Lucía, un gran cantaor quizá ensombrecido por la gran figura de su hermano y poco dado al autobombo. Pero ya le digo, era un cante distinto hasta la venida de Antonio Mairena, que fue quien amansó las aguas en este sentido.

-Usted recibió una Palma de plata de la Sociedad del Cante Grande -una de las primeras concedidas a no cantaores- y este año le toca el turno a su amigo Pepe Vargas.

-Es una admirable persona y compañero, un ser entrañable. A Pepe jamás le han faltado las ganas ni la ilusión por el flamenco de calidad y su criterio es de total confianza, una gran garantía. Los méritos que ha contraído son sobrados, nadie le está regalando nada. Su historia es la del compromiso por este arte. Cuando hicimos en Algeciras el Congreso Internacional de Flamenco, por ejemplo, trabajó como un auténtico jabato. Qué le puedo decir.

-Quería preguntarle por su relación con una figura como la de Antonio Mairena.

-Pues la verdad es que mi padre me lo descubrió en 1963. Fue en la peña Juan Breva, en Málaga, regida por entonces por una gente muy capaz y competente, que peleó e hizo muchísimo por un flamenco de calidad. Yo le preguntaba a mi padre qué le parecía cada artista al que escuchábamos y sus respuestas siempre eran tibias. Hasta que llegó Antonio y me dijo: "Éste es el mejor de todos". En los años 1968 y 1969 lo escuché en Algeciras y en 1974 en La Unión y Cartagena. Hasta que en 1981 pude presentarle en su casa uno de mis primeros trabajos, centrados en él y la soleá y la seguiriya. Me consiguió la cita Evaristo Heredia Maya. Tenía reuniones en Algeciras, pero las aplacé y allá que nos fuimos porque no podía perder aquella oportunidad. Cuando vio lo que le llevaba, me dijo: "¡Vaya tarea que te has metido!".

-Otro cantaor decisivo para usted ha sido Alejandro Segovia, Canela de San Roque.

-Por supuesto. La de Canela ha sido una de las voces gitanas más entrañables y jondas que han existido. Activaba los huesos porque lo daba todo. Se ha caracterizado por su honestidad. Hay que tener en cuenta que Canela de San Roque nunca ha salido a un escenario a cumplir, sino a vaciarse. ¿Sabe por qué? Porque cantar, para él, era una auténtica necesidad. Lo hacía siempre: antes, durante y después de intervenir en las tablas. Cuando estaba a punto de dejarnos fuimos a verlo al hospital Punta Europa de Algeciras, en el que murió, y hasta en esos días finales nos estuvo cantando.

-¿Cuál es el futuro del flamenco?

-Goza de muy buena salud, pero se encuentra a veces al servicio de algunos intereses. Es verdad que el flamenco intimista se ha perdido, y ese tenía una gran categoría y calidad. Ese era un cante que se vivía en la interioridad. Nos queda el importante consuelo de que está todo grabado. Tengo la confianza y la esperanza de que se vuelva al buen hacer, aunque nos vienen hasta entonces unos años duros por los que ya estamos atravesando.

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