Vida y letras de la reina de Bloomsbury

  • Lumen publica la biografía de Woolf por Quentin Bell, dos obras póstumas de la autora y 'Diarios', de Katherine Mansfield

A los dos años y medio, la diminuta Virginia Woolf había adquirido el traumático hábito de limarse las uñas en la cara de su hermano. Ante la reprimenda de su padre, la cría le soltó un desconcertante: "Y entonces, ¿para qué sirven las uñas". "Ya ves -contaría su progenitor, sir Leslie Stephen, en una carta posterior- un más que digno ejemplo de teología infantil".

Ser sobrino de tu biografiada te coloca en un lugar privilegiado en la carrera. Tienes a tu alcance no sólo numerosos testimonios y anécdotas cercanos sino, también, la información suficiente para distinguir el oro de la paja. Si uno supera la bruma de la cercanía, es una posición envidiable. Quentin Bell no era, además, un sobrino cualquiera, sino el hijo de su hermana Vanessa, con la que Virginia Woolf estableció una complicada relación de afecto. Recientemente editada por Lumen, Virginia Woolf de Quentin Bell está considerada la mejor biografía acerca de la autora de Las olas.

Bell recuerda que fue su tío viudo, Leonard Woolf, el que le realizó el encargo: "No hacen más que ofrecérseme a escribir la vida de Virginia -explicó- y me estoy gastando un dinero en invitaciones a cenar para decirles que no".

Tal vez, porque la biografía de Virginia era una labor delicada si uno pretendía mantenerse en territorio neutro: más allá del espíritu hagiográfico pero con la sensibilidad suficiente para no derrapar en las cuestiones resbaladizas que presentaba su historia -sus periodos depresivos, su muerte y sus intentos de suicidio, los abusos por parte de su hermanastro, su tibia sexualidad, su atracción por las mujeres, su platónica relación con el marido de su hermana, su conciencia de highbrow, de pertenecer a una elite intelectual-. El inmenso libro de Bell logra nadar y guardar la ropa con estas cuestiones y, también, con temas que podrían resultarle aún más espinosos -como la inestabilidad sentimental de su propio padre -.

La biografía de Bell muestra, también, hasta qué punto gran parte del posicionamiento de Virginia Woolf surgió por rechazo: rechazo a los valores rancios de la alta burguesía victoriana -de la que provenía-, rechazo a los corsés, rechazo a lo "brutal masculino", rechazo al ser voz de segunda fila. Y en esto, ni siquiera Virginia fue la mejor exponente, sino su hermana Vanessa, que sí rompió moldes y pudores a base de provocación.

Y, sobre todo, el libro presenta momentos que ponen en cuarentena cualquier cliché previo sobre la escritora. Entre ellos, el jugoso encuentro que tuvo con Henry James, cuando la Woolf aún no había publicado: "Mi querida Virginia -barbotéo el afamado escritor-, me dicen me dicen me dicen, que tú, como es natural siendo la hija de tu padre, es más, la nieta de tu abuelo, la descendiente diría de un siglo, de un siglo de pluma y tinta, tinta, tinteros, sí, sí, sí, me dicen, ejem, que tú, que tú, que tú, en una palabra, escribes".

"Si alguien ha odiado alguna vez el hecho de 'escribir' en algún momento -confesaba Virginia por escrito-, esa fui yo entonces. Me sentía como el asesinado que observa una y otra vez, lentamente, cómo el cuchillo cae sobre él. Pero, cuando sea vieja y famosa, voy a discursear como Henry James".

Llegó a serlo, por supuesto, y fue mucho más allá: como buena tímida perversa, disfrutaba humillando con trampas ingeniosas a los desconocidos. Es curioso descubrir, también, hasta qué punto el feminismo de Virginia Woolf era un convicción personal, y hasta qué punto rehusaba implicarse políticamente en muchas cuestiones -o, al menos, tanto como lo hacía su esposo, un conocido socialista-. De hecho, su participación en el movimiento sufragista se limitó a poco más que pegar sobres: "Estar allí en medio, rodeada de toda esa gente tan convencida de sus propios ideales me daba algo de miedo -comentaba-. Era como estar en una novela de H.G. Wells".

Así pues, Virginia tenía sentido del humor. Y era complicada, sí. Y débil. Era maniática y neurótica. El no ser madre le producía un gran dolor. Pero hablaba a menudo de lo feliz que se sentía al caer la tarde, al tomar café junto al fuego y junto a Leonard. Y era aficionada a dar largos paseos por el campo, pues los Woolf siempre mantuvieron una casa fuera de la ciudad. Y una observadora fiel de la naturaleza. Y los niños -afirma su sobrino Quentin-, la adoraban: era de esas personas capaces de hacerles ver un castillo de azúcar en un pudding.

La Woolf no tiene gran predicamento entre nosotros. Se antoja antipática: esa mujer que pasó su vida en desequilibrios y que terminó hundiéndose en un río. La legítima propietaria de la nariz que le valió un Oscar a Nicole Kidman. Leyendo a Bell se aprende, por ejemplo, que la habitación propia de Virginia Woolf era el trastero de la Hogart Press, y allí escribía, sentada en un sillón desfondado, entre pruebas de impresión. Es un buen paso para empezar a quererla.

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