Trampas de la memoria, desastres de la guerra

Asombroso rodeo que le ha valido a Vals con Bashir el reconocimiento internacional, un Globo de Oro y una nominación al Oscar a la mejor película extrajera: reflexionar a través de la animación sobre el distanciamiento para con la realidad y hasta sobre su destrucción en la memoria. Siendo éste el más irreal de los procedimientos fílmicos por su renuncia a lo que desde Meliès es la esencia del cine, el registro fotográfico de la realidad, no parece el más apropiado para abordar un tema trágico de hondas implicaciones humanas y políticas con espinosas relaciones con el presente. Asombroso rodeo, pero logrado. Y cuando lo que parece imposible se logra se abren caminos nuevos al cine. En este caso caminos ya iniciados por películas de animación como Persépolis de Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud (2007), que abordaba la vida de una joven iraní bajo la opresión fundamentalista.

Al principio a este crítico le costó trabajo asumir el humanísimo y dolorido discurso de la película dicho a través de dibujos animados (en realidad se trata de una combinación de vídeo y animación: a partir de entrevistas a los protagonistas reales grabadas en vídeo, el diseñador David Polonsky creó un cómic de 2.300 dibujos posteriormente animados por Yoni Goodman). Pero tenía razón el realizador, guionista y compositor israelí Ari Folman -que ha empeñado cuatro años en este proyecto- al decir: "Era imposible que Vals con Bashir fuera un documental de imágenes reales. Con imagen real no habría podido filmar las alucinaciones, el inconsciente, ni recrear mi paisaje mental de la guerra. La guerra es irreal y la memoria, muy traidora".

No han pasado diez minutos de película y, entre el sueño de los perros y el ensueño de los soldados surgiendo del mar mientras Beirut es bombardeado, es imposible no darle la razón: la película nos ha atrapado. Ya no es del todo animación ni del todo realidad. Es una variación moderna de Los desastres de la guerra de Goya -directamente citado en la representación de las mujeres palestinas- con clara inspiración en Apocalypse Now y Lachaqueta metálica -espléndido el duro retrato de la normalidad en Israel durante el conflicto, visto a través de los ojos de un combatiente de permiso- que busca la verdad en una zona intermedia entre la razón y el sueño, el documental y la ficción, lo filmado por la cámara y lo recreado por el dibujo.

La película trata de la masacre de Sabra y Chatila en 1982, durante la guerra del Líbano, en la que los falangistas libaneses violaron, torturaron y asesinaron a más de mil palestinos, en su mayoría civiles indefensos, ante la pasividad cómplice del ejército israelí. Ari Folman vivió estos hechos, como soldado, cuando tenía 19 años. Ahora ajusta cuentas con la historia y con la memoria a través de esta gran película. Por eso que se cierre con unas pavorosas, estremecedoras, imágenes reales es algo absolutamente necesario para culminar este viaje a la realidad a través de la animación.

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