Tierra de promisión

  • La editorial Impedimenta publica 'La hija del optimista', de la nortemericana Eudora Welty, tembloroso retrato de un sur ajardinado, fantasmal y provinciano

La literatura americana, la americana del norte, ha dado personajes memorables de largo influjo, cuyo tipo más conseguido quizá sea el detective privado, aquella sombra cínica y expeditiva que tanto fascinó, aquí en Europa, a André Malraux y Luis Cernuda. Sin embargo, hay un personaje sin rostro, de igual densidad y perfección, que los escritores del sur acuñaron con cualidades humanas: el paisaje. El paisaje como actor y agente shakespeariano, la naturaleza como teatro colosal en Faulkner y Capote, o como íntima jardinería donde el dolor, la memoria, el ceñido bulto de los remordimientos, desfallece y se agrava entre rosales. He aquí el artificio, el sutil encanto de Eudora Welty. Si Quevedo, coloso airado y espadachín recluso, habló de "el pálido rebaño de mis enfermedades", en La hija del optimista lo que se ofrece al escrutinio del lector es otro haz de inadvertidas dolencias: los males del alma, la variable arquitectura, siempre dolorosa, de los recuerdos.

No vamos a hacer aquí sociología relacionando al hombre y el paisaje, al autor y su clima, a la manera de don Claudio Sánchez Albornoz o el viejo Herder. Sí conviene señalar, no obstante, la principal importancia de lo climático, como utensilio y símbolo de otras instancias, que en Faulkner bulle como un torrente escondido, y que en la Welty se adelgaza en la voz de un pájaro vespertino. No podemos olvidar tampoco la estremecedora importancia de lo paisajístico, de su calidad geológica, milenaria, inabordable, en la obra de Lovecraft o aquella arcadia inversa de maizales y granjas que dibujó Capote en A sangre fría, siguiendo el riguroso magisterio de Edward Hopper. En todos ellos, repito, el paisaje es una magnitud patente y opresiva, que conduce inadvertidamente la voluntad de los personajes. En todos ellos, la naturaleza es el indicio de una presencia más alta: el mal, la desdicha, la venganza, una brisa benigna que trae, sin embargo, el recuerdo aciago de otras horas. En La hija del optimista, es el paisaje del Mississippi, de un Sur ajardinado y provinciano, el que convoca un rimero de fantasmas junto a Laurel MacKelva. Ante el ataúd de su padre, en la vieja casa familiar, es la voz de su madre, los rosales antiguos, el olvidado olor del pan, lo que acude a la memoria de una mujer madura. Lo singular, lo prodigioso aquí, es la economía estilística que utiliza Eudora Welty; la capacidad de sugerir, por omisión, así como el carácter preciso, ligero, espumeante, de su escritura. De todo ello, de la multitud de cosas que se quedan por decir, emerge intacta la reconstrucción de un mundo. De aquella forma de contemplar un arbol, una ladera, el vado de un río, lo que intuimos es la desolación humana. Por paradójico que resulte, La hija del optimista es una novela de amor. De un amor imposible. Del amor a quienes ya no están y, sin embargo, siguen vivos y locuaces en nuestra memoria. El propio Jung pensaba que los muertos volvían del Más Allá, un Más Allá tan extraño como él mismo, para conocer lo que no habían comprendido en vida. "La idea de morir -escribe Welty- no es más extraña que la idea de vivir. Pero sobrevivir a alguien es quizás la idea más extraña de todas".

De esta imposibilidad, tan dolorosa como obvia, surge la perplejidad de la protagonista, cuando comprende que todo lo que alguna vez fue, aquellos a quienes amó, el mundo en el que alentó durante muchos años, es sólo bruma disuelta en la mañana. Crecer, sobrevivir, es convertirse de algún modo en una delgada fantasmagoría, cuyo único útil, cuyo último vínculo con el ayer, es una memoria deformante y esquiva. Cuando pasen los años, no sabremos si lo recordado se corresponde con lo que fue. No obstante, queda incólume el espejismo que nos trae de vuelta una voz, un gesto, la sonrisa amada. En ese espejismo arde y se consume Laurel Mackelva, la trémula protagonista de esta novela. En esa torpe ilusión habremos de vivir, como quien atisba, entre sueños, una sombra nocturna en el espejo.

Eudora Welty. Editorial Impedimenta. Madrid, 2009. 232 páginas. 19 euros. Traducción de José C. Vales. Introducción de Félix Romeo

Etiquetas

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios