Superpadre al rescate

Contra viento y marea, también contra toda lógica argumental y respeto por la inteligencia del público (¿?), Venganza, subproducto veraniego apadrinado y escrito (es un decir) por el mercader pirotécnico Luc Besson (director de El gran azul, Nikita, León, el profesional, El quinto elemento o Juana de Arco, productor también de Yamakasi, Wasabi, Taxi, Transporter y otras naderías de acción made in France), avanza imparable en su mecanismo explosivo en el que cinco segundos para la reflexión están prohibidos en favor de un subidón constante de adrenalina a propósito del infalible e inefable rescate de su hija secuestrada por parte de un padre (Liam Neeson, quién te ha visto y quién te ve) al que no le duelen los golpes ni le rozan las balas. Archistereotipado e hipermusculado thriller de acción a cascoporro, Venganza pasa por encima de cualquier sensatez para acumular sin respiro una sucesión de escenas trepidantes en las que los malos, albanokosovares y señoritos viciosos para más señas, reciben siempre su merecido castigo de manos de un ex agente secreto norteamericano reconvertido en padre omnipotente, vengativo e impune.

¡A mi hija, que no la toquen!, se dice a sí mismo en cada delirante escena el bueno de Liam, hábil con los puños, lúcido con la estrategia militar, oportuno como pocos a cada cambio de escenario, implacable y feroz con los criminales que han osado profanar lo más sagrado de su solitaria vida de esposo y padre incomprendido.

Liberado para todos los excesos, Pierre Morel (Distrito 13) orquesta su mascletá a toda pastilla y con el volumen a tope, pone las calles y apartamentos de París al servicio del servicio de desguace y remata la faena de su patrón de la misma manera que podría haberlo hecho un mono amaestrado o un programa de ordenador, que diría nuestro colega Alfonso Crespo. El conjunto llama tanto a la carcajada que hasta se nos olvida que hemos visto una película fascista.

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