Superhéroe sin techo

La idea es brillante: el encuentro entre un superhéroe amargado y borracho que vive como un sin techo y tiene su aspecto, del que los ciudadanos están hartos porque sus heroicidades cuestan más de lo que valen y destrozan más de lo que salvan, y un relaciones públicas que le propone limpiar su imagen utilizando todas las estrategias de la actual mercadotecnia. No es del todo original, porque episodios de superhéroes en crisis rechazados por los ciudadanos que antes los admiraban figuran en las biografías de casi todos los personajes del cómic (hasta nuestro Capitán Trueno vivió esos amargos momentos), pero sí lo suficientemente atractiva por la inclusión del personaje del experto en imagen.

Porque la idea era brillante, moderadamente innovadora y con posibilidades para construir una comedia ácida tanto sobre el universo de los superhéroes como sobre la actual sociedad de la imagen, durmió durante años en los cajones de los productores. Y por esa misma razón ha salido de ellos sólo a condición de convertirse en una película más de efectos especiales y en un éxito más de Will Smith -un actor tocado por la diosa Fortuna- que desperdicia los ingredientes más originales y cínicos de la idea original para, sobre todo en su segunda parte, ofrecer más de lo mismo. Lástima para el cine de acción fantástica, que ha perdido una oportunidad de reírse de sí mismo y de caricaturizar la sociedad que lo ha elevado a género de culto, y felicidades a quienes han producido, dirigido e interpretado esta película cuyas renuncias y limitaciones la han convertido en otra máquina de hacer dinero.

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