Superavit de efectos, déficit de poesía

No deja de ser curioso que, tratándose del mismo equipo que realizó la mágica y lírica primera parte de la larga saga en siete volúmenes dedicada por C. S. Lewis al reino de Narnia, esta segunda parte sea tan distinta. Supongo que los estudios de mercado habrán orientado los cambios, aunque de momento parece que han sido tan poco fiables en lo que a la respuesta del público como al resultado artístico se refiere.

No se trata de que los protagonistas infantiles se hayan convertido en adolescentes y jóvenes; ni de que el peso de la intriga -sin abandonar, lógicamente, lo fantástico- se haya deslizado de lo mítico (la lucha entre el bien y el mal por así decir puros en la Narnia dorada) a lo que podría llamarse políticamente humano (las intrigas de los hombres que actúan -más que representan- el bien y el mal, y se sirven de medios más retorcidamente humanos que encantadoramente fantásticos para alcanzarlos en una Narnia por la que han pasado más de mil años desde la anterior entrega).

No es ese el problema. Aunque edades y situaciones hayan cambiado Narnia es siempre Narnia, el bien y el mal luchan por su dominio y las criaturas fantásticas (que siguen siendo muy evocadoras) conviven con los humanos de este y de aquel mundo.

La diferencia mayor entre ambas está en el tratamiento. La saga de C. S. Lewis empezó a filmarse tras el éxito arrollador de la excelente adaptación que Peter Jackson hizo de la de Tolkien, amigo íntimo de Lewis en sus años de Oxford.

Pareciera que en aquella primera entrega se buscó diferenciarse de la trilogía de Jackson y que en esta, pasados ya unos cuantos años, se pretenda aproximarse a ella en el uso (y hasta abuso) de unos recursos digitales que aquí se utilizan más con fines espectaculares que poéticos.

Así lo mejor de la anterior película y lo que la diferenciaba del actual cine de efectos especiales, su visualización de lo fantástico a través de un uso poético de los modernos recursos digitales, se evapora en esta para devolvernos a lo que hoy domina, casi hasta el aburrimiento, el cine fantástico. Hay espectáculo, hasta demasiado, y sobreviven jirones de la intensa poesía de Lewis. Pero se ha perdido el encanto y la simplicidad de la primera parte.

C. S. Lewis (1898-1963) es uno de los más importantes críticos literarios (Alegoría del amor, La experiencia de leer), ensayistas (El problema del dolor, Cautivado por la alegría) y escritores de novelas adultas (Una pena en observación) y juveniles (además de los siete volúmenes de Narnia, la Trilogía cósmica que estos días todos los amantes de la ciencia-ficción pueden encontrar en las rebajas de El Corte Inglés) de la Inglaterra del pasado siglo. La primera entrega de las Crónicas de Narnia -obra de su madurez creativa- le hizo justicia. Esta, menos.

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