Sociología de ocasión

Los tertulianos y opinadores de turno están de enhorabuena. Ya tienen película para ilustrar y corroborar sus argumentos de urgencia sobre este nuevo Apocalipsis de la juventud española, definitivamente descarriada, al parecer, por obra y gracia del desastroso sistema educativo, el desvanecimiento del papel tutelar de la familia, la influencia de la televisión, los videojuegos y demás cacharrería electrónico-alienante. Entre comedia y comedia, ya está aquí la película española de tema sensible y mediático de la temporada. Tras el maltrato (El Bola, Te doy mis ojos), el paro (Los lunes al sol), la inmigración (Flores de otro mundo) o la prostitución poética (Princesas), le toca ahora su turno al bullying, o sea, al asunto de los niños y adolescentes que se pegan y acosan en los centros escolares, viejo asunto éste que adopta nuevos y alarmantes perfiles sociológicos en la era del teléfono móvil e internet.

Si ya Tapas nos avisaba de la irremediable tendencia de Corbacho y Cruz, hombres de la tele, a convertir la realidad multicultural del barrio obrero en un sainete de corte televisivo, Cobardes alcanza irritantes cotas de sensacionalismo de impacto en su artificiosa, artera y maniquea modalidad de retrato social apretado hasta la náusea desde un esquema moralizante y una escritura caprichosa, manipuladora y mecánica.

No hay escena en esta historia de niños pegones y padres irresponsables que no quiera dejarnos y subrayarnos su lección de manual: de cómo el grande (fuerte) siempre explota al pequeño (débil), de cómo la violencia genera más violencia, de cómo se heredan ciertos comportamientos de generación en generación, etc.

Corbacho y Cruz parecen haber aprendido al dedillo cómo funciona la dramaturgia marca Haggis-Arriaga (Crash/Babel) y se ponen a dibujar secuencias de conflicto dialéctico sin solución de continuidad y con mucha música y ruido de fondo. Tantas como haga falta para sepultar cualquier posibilidad de dialogar con la complejidad el asunto desde las imágenes o desde cualquier gesto de la puesta en escena.

Su infalible técnica y un casting desacertado (ni el niño protagonista, ni Paz Padilla, ni Antonio de la Torre consiguen unos mínimos registros de credibilidad) dan como resultado una película que no respira nunca, una cinta que esquematiza hasta la caricatura cualquier atisbo de verdad a la que se esté apelando desde la ficción, una nueva muestra de las limitaciones de ese cine español que se quiere realista y socialmente comprometido. Se recomienda urgentemente volver a ver Los 400 golpes de Truffaut como terapia de desintoxicación.

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