Shyamalan otra vez víctima de él mismo

Alguien, no sé si un amigo íntimo, un confesor, un gurú o un sicoanalista, debería decirle a Night Shyamalan que no escribiera sus guiones, que se limitara a rodar con su exquisita caligrafía y su pulso seguro guiones escritos por profesionales de la cosa. Uno de los males del antiguo sistema de los estudios era su intento de achicar los Autores a la altura de los artesanos, de circunscribir sus mundos a las dimensiones tradicionales de los géneros y de corregir sus innovadoras escrituras cinematográficas a la estricta gramática del cine clásico. Los que eran a la vez hábiles y grandes -los Capra, Lubitsch, Ford, Hawks, Hitchcock, Milestone, Vidor o Wilder- se movieron con soltura entre estas restricciones; y los que eran grandes pero no hábiles -los Stroheim, Sternberg, Welles, Sturges- acabaron por sucumbir. Pasado casi medio siglo del fin de la era de los estudios resulta evidente que uno de los males del Hollywood posmoderno es justo la contraria: la posibilidad que ofrece a los artesanos de creerse Autores.

Este es el caso de Night Shyamalan, que hubiera sido un rey a lo Curtiz, a lo Fleming o a lo Walsh, lo que no es poco decir, si algo o alguien le obligara a dedicarse a lo que sabe hacer, que es dirigir películas, y le impidiera dedicarse a lo que no sabe hacer, que es escribirlas. Por mucho que se empeñe -¡qué le vamos a hacer!- no es un Autor, sino un magnífico artesano. La diferencia entre uno y otro es que el primero expande su personalidad creativa por toda la película, interviniendo en ella desde la preproducción a la posproducción, mientras que el segundo se limita a hacer -a veces magistralmente- la concreta tarea para la que esté dotado: dirigirla. Y para lo que este hombre está dotado, es evidente, es para rodar películas, para convertir historias en imágenes, para -de película en película- ir depurando su estilo narrativo hasta alcanzar una especie de gélido minimalismo que reduce un género, en este caso el fantástico y terrorífico, a sus componentes esenciales. Pero no lo está para escribir los guiones. Si alguien le convenciera y le enfrentara a los universos de May Sinclair, Henry James o M. R. James, y un escritor los convirtiera en guiones, podrían saltar chispas de fuego helado de la pantalla. Pero…

Pero resulta que no, que el hombre se empeña en crear sus propios mundos, desarrollarlos en guión y después filmarlos controlando de la A a la Z de la producción. Lo que está creando una de las más interesantes filmografías malogradas de la historia del cine. Con mucho éxito en algunos casos, como en "Sexto sentido" o en esta "El incidente", pero sin permitirle llegar a las alturas narrativas que su depurado estilo le permitiría alcanzar.

Y eso que esta película debe contarse entre las más logradas de su filmografía, pese a que sea incapaz de mantener lo que promete en su terrible y sombrío arranque coral -una coralidad de muerte en cadena- y conforme la narración (escritura de guión) progrese, la limpia fuerza de las imágenes (escritura fílmica) sea incapaz de sostener la arquitectura dramática de la película. Arrancar con una ola de inexplicables suicidios colectivos es una grandísima idea que requiere genio para ser desarrollada. Hitchcock -con quien abusivamente es comparado este realizador y con cuya obra maestra "Los pajaros" se ha comparado esta película- basó "Los pájaros" en una novela de la excelente Daphne Du Maurier (de la que ya había adaptado "Rebeca") convertida en guión por Evan Hunter, grandísimo guionista y -bajo el seudónimo Ed McBain- escritor de novela negra. La idea de que los pájaros ataquen a los seres humanos es brillante, pero necesita desarrollarse. Lo mismo sucede con la idea de que los seres humanos decidan suicidarse sin motivo alguno, como si algo hubiera bloqueado su instinto de conservación. Pero también necesita desarrollarse, renunciando además a la explicación que achica su capacidad de sugestión. Una de las grandezas de "Los pájaros" se debe a que no se explica por qué atacan. Shyamalan , para su desgracia, no tiene fuerzas para sostener ese arranque brutal ni para resistir a la tentación de explicarlo. Y todo va cayendo, rozando alguna vez el ridículo, en lo convencional que finge no serlo.

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