Roberto Bolaño en la memoria, aquel heraldo de humor negro

  • Mañana se cumplen cinco años de la muerte del autor de '2666', referente de una literatura latinoamericana procaz

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A cinco años de su muerte, el escritor chileno Roberto Bolaño sigue corroyendo y navegando por los abismos de la literatura latinoamericana, que tienen en él y su ojo infrarrealista a su último espejo universal. Heredero de Jorge Luis Borges, fue un heraldo de humor negro, un tributario azul de la locura y voracidad de una sociedad atiborrada de traficantes, mirabilia y sincretismo, que como sus obras deambula al borde de sí misma, por desiertos mexicanos, callejuelas chilenas y esquinas prostibularias de España.

"Bolaño es la culminación de un movimiento de vanguardia, que tuvo sus antecedentes en Juan Emar y Vicente Huidobro", dijo el premio Cervantes Jorge Edwards, quien opinó que su compatriota, fallecido el 14 de julio de 2003, tenía "la idea de llevar la literatura lo más lejos posible". Sus obras cumbres, 2666 y Los detectives salvajes, atestiguan esa búsqueda "por las peleas de verdad" como diría en la novela total que dedicó al escritor imaginario Benno von Archimboldi, un ex soldado nazi de altura y fealdad imposibles.

Pero también es hoy un águila bicéfala, sobre cuyas alas pende la amenaza de los ejércitos de obsecuentes, de los seguidores incapaces de iterar la lucha quijotesca de Bolaño por reinventar la novela. "Está demasiado socorrido", alertó el poeta y premio Cervantes Gonzalo Rojas, quien cree que en esa vorágine son olvidadas las plumas fundacionales de América, como el nicaraguense Rubén Darío, "que nos dio la libertad del lenguaje".

Sin embargo, nadie niega que Bolaño fue siempre aire y alegoría, un cruce insondable entre las bibliotecas de la identidad de América Latina y sus vivencias, siempre literarias, como vendimiador, vigilante nocturno y motociclista por los caminos bifurcados de sus orígenes y España. "Mezclaba con gran soltura lo fantástico y lo irreal, como lo hizo en Nocturno de Chile", una novela breve, admitió Edwards.

Pero también todo es realidad y crítica social. Todo es muerte de Dios. Los detectives salvajes, de hecho, abre su mundo al lector con una cita blakiana: ¿Quiere usted la salvación de México?, ¿quiere que Cristo sea nuestro rey? No.

Sin pontificarlo, y atacando al mundo instituido por Octavio Paz, Bolaño postuló siempre que la literatura contuviera mundos autorreferentes, que sólo eran posibles si eran estructurados desde la identidad, que es la pregunta del modernismo latinoamericano. Por ello, la persecución de Cesárea Tinajero, la existencia de Lalo Cura, el desconocido orinador de las iglesias de Santa Teresa, la puta inmigrante y asesina en Madrid, la cárcel como una boca.

Hoy sólo queda su silencio, fraguado en su infancia pueblerina en Chile, su adolescencia mexicana, su frustrado viaje a defender la revolución de Salvador Allende. Sus horas borgeanas en la biblioteca pública del Distrito Federal.

La inmortalidad no existe, Shakespeare será olvidado, bramó alguna vez, inconsciente de su propio destino que lo llevó a ser el espejo y carretera distante de una generación literaria, para quien la marginalidad del infrarrealismo no fue un obstáculo de adhesión.

Es imposible saber si Roberto Bolaño intuyó su influencia, como confesó su amigo Jorge Volpi. Sólo conocemos que avizoró su muerte comatosa y hepática en Barcelona, en las horas finales de la novela 2666, cuando los premios Rómulo Gallegos y Herralde ya no podían ser un alivio. Cuando los heraldos negros ya cargaban su cuerpo por las catacumbas abismales de Roberto Matta, Macedonio Fernández y el gaucho Borges.

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