Robert contra la nostalgia

  • Bob Dylan cerró la noche del jueves en Córdoba su visita a Andalucía

La estatura mítica de un artista genera problemas a la hora de digerir sus epílogos, de asimilar todo aquello que queda fuera del tramo de vida y de trayectoria en que alcanzó un lugar en algún Olimpo, de asimilar unas postrimerías que suelen ser largas y complejas y que en muchos casos revelan un nuevo caudal de ambiciones. Pasa, en distintos grados, con Bob Dylan, con Paul McCartney, con los Rolling Stones. De Dylan está claro que no le apetece parecerse a lo que se espera de él. Dylan reniega bastante de Dylan.

Lo que vimos en el escenario del Teatro de la Axerquía la noche del jueves, en el Festival de la Guitarra de Córdoba, no fue una reivindicación de Bob, que no le hace falta, sino una defensa de Robert Allen Zimmerman, de Duluth, Minnesota, autor de discos grandes, peregrino austero y distante de voz nasal. La mayoría anhela ver a Bob vestido de Dylan, perfumado de pasado, cantando lo famoso, pero el que sale es Robert (o Bob disfrazado de Robert) y canta lo último, o lo que le da la gana. Y un artista, por otra parte, tiene pleno derecho en todo momento a celebrar frente al público su última creación. Se le reprocha poca disposición a compartir con la gente su repertorio más célebre. Cabe señalar en este caso que Bob/Robert dio un concierto llamado Shadows in the night, que es el título de su último disco, aunque pasó de puntillas por este trabajo, que es una aproximación interesante, a su manera, a Frank Sinatra. También resulta molesta su pose divina e inaccesible, sus caprichos, su certeza de estar poco menos que a la derecha del Padre. Pero esto es lo que hay. Y ahí va con su petate legendario el altanero Bob/Robert, sin entrevistas, sin imágenes, sin roces, sin simpatías, sin gestos que delaten una posibilidad de cercanía o de fragilidad, ahí va, por los mundos, ajeno a la plebe, superior y enigmático como una sombra de época y un extraño de sí.

Para quien estuviera informado de sus últimas comparecencias españolas, el concierto de Córdoba no pudo suponer una sorpresa. Arrancó con Things have changed, la canción que compuso para la película Jóvenes prodigiosos y que le valió el Oscar y el Globo de Oro, con banda de cinco miembros, Bob/Robert en su altar de noche, en su atmósfera litúrgica y grave (con un secreto fondo de algo que puede ser ironía antinostálgica), sin guitarra (luego agarró la armónica y probó el piano), con traje y sombrero negros, ensayando los primeros versos de la velada ("I'm in the wrong town", "Estoy en la ciudad equivocada", vaya inicio) en su segunda cita en Córdoba, ante un recinto lleno, junto al cual una muchedumbre había protagonizado una espera de horas.

Siguió con She belongs to me, de Bringing it all back home, uno de sus discos más relevantes, de 1965, concesión por tanto al fan generacional, una de las pocas de la nocheentre una selección de temas de las últimas entregas como Workingman's Blues #2 de Modern times, Beyond here lies nothin' de Together through life y Duquesne whistle y Pay in blood de Tempest entre las más destacables, con su descanso largo a la mitad.

Una puesta en escena oscura, más propia de teatro cerrado, una ambientación protectora para que a Bob/Robert no se le vea más de lo imprescindible, cinco focos perimetrales sensualizan el espacio, se apagan y se genera una pequeña dimensión de crepúsculo dulce, Bob/Robert con su voz de cama de hospital, gente de muchas ciudades, cerveza por un tubo, las camisetas a 35 euros.

Hay que decir que discos como Modern times y Tempest del viejo Robert son excelentes, que este concierto fue mejor que el que ofreció en su anterior visita a la ciudad, que el mundo siempre cambia aunque nadie lo cante pero que es bonito haber crecido y aprendido con las canciones de Bob Dylan, que sigue reinventándose, vía Robert, en sus penúltimos epílogos.

Etiquetas

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios