Reencuadres de realidad

Una sucesión de planos generales abren y cierran las hasta ahora dos únicas películas de Jaime Rosales. Unos planos de entrada y salida en sendas historias -la de un anodino serial killer en Las horas del día, la de dos mujeres tocadas por el infortunio en La soledad, reciente ganadora de los Goya a la mejor película y al mejor director- que penetran en la realidad cotidiana desprovistas de la retórica habitual de las ficciones convencionales. Que no así de retórica alguna. La de Rosales, en la línea de cierto cine contemporáneo que empieza a dar algunos frutos contados en nuestro cine (La línea recta, La influencia, Yo o Lo que sé de Lola son algunos ejemplos), apuesta por el (híper)realismo a partir de un sistemático despojamiento formal, a través de un distanciamiento riguroso y preciso que permite acceder y conocer a sus personajes a partir de la observación de sus movimientos en un espacio delimitado y silencioso (nada de música, nada de afectos artificiales), sobre un pausado tiempo narrativo preñado de elipsis reveladoras, a través de lacónicas imágenes de la desolación por las que transitan los espectros dolorosos de la pérdida, la incomunicación, la culpa o el desamparo.

La soledad se enfrenta a la muerte desde la materialización de cierta sensibilidad femenina exenta de lemas y aspavientos. Sus protagonistas, una mujer separada que se ha trasladado a Madrid con su hijo recién nacido y una madre que intenta conciliar su nueva vida de pareja con la relación con sus tres hijas, encarnan su propia debilidad y su zozobra sin necesidad de echarle pulsos a la Sociología ni de acudir a manuales de autoayuda. Son las circunstancias y el azar los que, implacables, van a decidir por ellas sin previo aviso. Rosales busca acomodar una forma y un estilo a su historia y parece encontrarlos en un tono a la vez distanciado y realista, en una estética de la duración del plano, en el recurso a una pantalla dividida (polivisión) que no simultanea tanto tramas paralelas como dos ángulos de mirada sobre una misma escena; como si, a través de ese procedimiento, reflexivo e hipnótico, se nos quisiera mostrar un eterno desencuentro, las otras opciones de una mirada artificial o ese otro tiempo que discurre siempre en paralelo a cada instante de la vida y de su representación. Con un propósito parecido, La soledad se construye también a través de un permanente ejercicio de encuadres y reencuadres (a través de pasillos, ventanas o puertas) que colocan y recolocan a los personajes en un marco más estrecho, más pequeño aún, del que tienen para moverse.

Bajo ese férreo y fluido sistema formal, el filme no evita, sin embargo, pequeñas concesiones dramáticas, un retrato que, a pesar de los esfuerzos y de las brillantes interpretaciones en un registro de baja intensidad, no escapa del todo de cierto costumbrismo reconocible. Lo observamos en la certera aunque demasiado visible trama familiar a propósito de las rencillas entre hermanas, en la puesta en escena, esta vez sí muy verbalizada, de ese núcleo enturbiado por las ambiciones, las envidias y el dinero. Es por esa pequeña rendija por donde se le escapa a la cinta una pequeña parte de su radical coherencia estética, por donde asoma una cierta quiebra conceptual, por donde le vemos el esqueleto a una propuesta valiente y emocionante, a una película radicalmente necesaria para descontaminar el cine español de sus inercias y de su insoportable polución ambiental, para paliar su alarmante desconexión con el presente con nuevas formas de contar historias y retratar emociones humanas.

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