Redimir al ídolo caído

  • Van Damme resucita en 'JCVD', apasionante metaficción en la que se confiesa a tumba abierta

Un cuerpo atractivo y seductor esculpido en el gimnasio, un cuerpo para el deseo o para la acción, un cuerpo con peso específico. Los años ochenta vieron el apogeo de un modelo de estrella masculina potenciado desde la ideología (conservadora) del poder, un cuerpo musculoso e impregnado de gravedad; un cuerpo justiciero y expeditivo, a prueba de balas y desgarros: Arnold Schwarzenegger, Sylvester Stallone, Steven Seagal, Bruce Willis, Jean-Claude Van Damme, Wesley Snipes...

Con los noventa, aquellos cuerpos pesados y rotundos empezaron a perder protagonismo y volumen muscular para ajustarse a un nuevo diseño, más ligero e ingrávido, propio de la nueva era de la sospecha: el Keanu Reeves de Matrix o el Tom Cruise de Misión Imposible casi no tocaban el suelo, eran ligeros y volátiles, flexibles e incorpóreos en su asombrosa capacidad para desplazarse a toda velocidad de un espacio (real) a otro (virtual).

Podríamos medir la historia del cine por el peso del cuerpo de sus estrellas. Y ciertos cuerpos son difíciles de dejar atrás, pesan como un ahogado. Si Schwarzzeneger renunció a su esqueleto de titanio (Terminator) por la solemnidad de la otra política-ficción, la del mundo real, Bruce Willis intentó redimirse como actor sin género gracias a recicladores como Tarantino (Pulp Fiction, también crónica de la resurrección de otro cuerpo bailongo, el de John Travolta) o a apariciones menores en filmes con el prestigio de lo pequeño (Fast Food Nation). En todo caso, tuvo que recuperar a John McLane (La jungla de cristal) para seguir pagando facturas. Atiborrado de esteroides, deformado por sus devastadores efectos, Stallone se aferró a su propio pasado como única vía de supervivencia: el patético retorno de Rocky y Rambo afirma una nostalgia por la ley (del más fuerte) que imperó en los reaccionarios ochenta.

Le toca ahora el turno de la resurrección a otros dos grandes mitos pesados erosionados por el paso del tiempo. Si Mickey Rourke (desfigurado hasta lo irreconocible) ha sido rehabilitado por Darren Aronofsky en una de esas encarnaciones redentoras del perdedor que tanto gustan en la industria de los milagros (The wrestler, premio en Venecia), mucho más atípico y estimulante resulta el inesperado y autoparódico retorno europeo del astro belga Jean-Claude Van Damme.

Tras presentarse en el pasado festival de Cannes, este viernes se estrena JCVD, de Mabrouk El Mechri, una divertida, virtuosa e inopinadamente emotiva cinta en la que el protagonista de Timecop o Soldado universal parece dispuesto a reírse de su propia sombra y de su triste condición de ídolo caído. Si en El último gran héroe Schwarzenneger fingía parodiarse a sí mismo en pleno esplendor de su reinado, mucho más mérito tiene este filme que llega justo en un momento en el que el otrora astro del karate empezaba a ser pasto de ese culto siniestro que tanto disfruta embalsamando cadáveres exquisitos. JCVD hace aquí de sí mismo en horas muy bajas, interpretando a una vieja gloria arruinada y con problemas legales para retener la custodia de su hija. Una inteligente estructura en abismo nos sitúa ante el reflejo deformado de un tipo dispuesto a expiar sus culpas en público relatando a cámara su ascenso y caída (las drogas, la autodestrucción) en un filme que funciona a un tiempo como entretenimiento metaficcional (Tarde de perros en el horizonte) y como confesión a tumba abierta. Había que tener agallas y sentido del ridículo para recuperar la dignidad y JCVD los ha tenido. Que tras esta gloriosa redención vuelva a resucitar como el mamporrero que un día fue, cosa probable, es ya otro asunto.

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