Puertas de acceso a la fantasía (y al 'marketing')

Con la necesaria prisa que demanda la explotación de todo gran filón comercial, se suceden en la cartelera nuevas aventuras y crónicas fantásticas que, a partir de best sellers literarios de probada eficacia entre el público juvenil, prolongan la actualidad y rentabilizan aún más el producto y sus derivados de la mercadotecnia moderna.

Tras Las crónicas de Narnia (a partir de C.S. Lewis), Los seis signos de la luz (basada en la novela de Susan Cooper) o Mimzy, más allá de la imaginación (a partir de Henry Kuttner y C.L. Moore), le toca ahora el turno de la adaptación a las populares novelas infantiles de Tony DiTerlizzi y Holly Black, oportunamente condensadas en un guión -en el que descubrimos, sorpresa, la mano del gran John Sayles- que incide en convocar a la fantasía, la imaginación y la lectura como necesarias vías de escape para los infantes más inquietos en las situaciones menos confortables de la vida cotidiana.

En ese contexto temático compartido, Las crónicas de Spiderwick presenta, sin embargo, algunas interesantes derivas sobre el tradicional modelo familiar-cristiano de las producciones de la casa Walden Media. Para empezar, la familia-núcleo protagonista presenta unos agradecidos perfiles disfuncionales para lo que suele ser la habitual cordialidad sentimentaloide del género, una disfunción que pasa por unos padres separados y unos hermanos, dos de ellos gemelos (interpretados por Freddie Highmore, visto en Charlie y la fábrica de chocolate y Descubriendo nunca jamás), que andan a la greña durante buena parte del filme.

A partir de este modelo tambaleante de familia en crisis, la película despliega la ya habitual incursión en un universo paralelo de fantasía, luz y oscuridad, nomos, ogros, hadas, sílfides, cerdos voladores y águilas gigantes que, activado por el espíritu creyente de la mirada infantil, nos conduce a una archisabida batalla entre el bien y el mal resuelta con trepidante ritmo, cierta seriedad fabuladora y un ajustado uso de los efectos especiales puestos al servicio de la composición digital de las extrañas criaturas o de insólitas perspectivas visuales.

Sin salirse nunca del tiesto, la cinta de Mark Waters (Ojalá fuera cierto) mantiene una gran dignidad de género más allá de su obligada minoría de edad, tanto que, por momentos, lo terrorífico asoma como verdadera amenaza de la candidez de la infancia sin excesivos paños calientes, lo que convierte a Las crónicas de Spiderwick en una película que amplía el espectro de sus espectadores potenciales. Se entiende así mejor la presencia en el reparto de actores como Nick Nolte, David Strathaim o Joan Plowright. Mención para la iconoclasta partitura sinfónica de James Horner, de quien hacía tiempo que no escuchábamos una música tan inspirada.

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