Literatura

Postales de otro mundo

  • Metropolisiana publica 'Deriva', novela de Alberto Marina Castillo donde se soplapan, con éxito, la ciencia-ficción y el experimentalismo de vanguardia

Obra ambiciosa, novela irónica, intrincado mecano, erudito y complejo, en Deriva se unen de dos tradiciones dispares: la épica nocturna de la science-fiction, y el refinado vanguardismo de Pirandello y Unamuno, donde el autor y su obra eran parte de una misma ficción, abierta y en conflicto. Con lo cual, si en un primer momento Deriva es una novela de ciencia-ficción, con claras referencias a los maestros del género (Clarke, Bradbury, H. G. Wells), en la segunda parte Deriva se convierte en su propia historia, en la historia de Deriva, y por tanto en los desfallecimientos y zozobras de su autor, cuyas dudas nos cuenta mientras da fin y no a una novela proliferante, a una obra enconada, donde los personajes disfrutan una suerte de vida autónoma (no en vano, el libro lleva por subtítulo Un disparate cósmico).

En las últimas décadas, a esto se le viene llamando meta-literatura; sin embargo, se trata de la antigua paradoja que Velázquez propone en Las meninas: allí podemos ver, a un tiempo, la obra terminada y la obra en marcha, sin saber exactamente qué lugar, qué esfera, en qué imposibilidad geométrica, se sitúa y habita quien la mira. El libro que más se acerca a esta Deriva de Marina Castillo, por lo similar del tema y por la intrincada resolución literaria, quizá sea el Guapa de cara de Rafael Reig. Allí, el escritor asturiano fabula un Madrid futurista y subacuático donde alguien, la narradora, debe resolver un extraño asesinato: el suyo. De este modo, tanto Reig como Marina introducen un concepto que la science-fiction clásica no podía permitirse; me refiero al humor, a la burla de un universo que en aquellos autores se escenificaba como agonía apocalíptica, como sordo holocausto, y que en Deriva se resuelve como hecatombe doméstica, como vaga y sutil melancolía, más la tortura de algún amor en fuga. Ni en la primeriza obra de Wells ni en la devastada humanidad de Lem cabía este regreso a lo minúsculo; allí, necesariamente, la tragedia era una tragedia cósmica, de magnitud y trascendencia siderales. Sin embargo, una vez pasado el miedo nuclear, la certeza de una pronta extinción de nuestra especie, la ciencia-ficción puede ya retomar el camino de lo humano, de lo vital intrascendente, de una modesta esperanza. En Deriva, esta esperanza es el amor (la Sofía/Zeta difuminada y esquiva que atraviesa estas páginas), y el instrumento que lo hace posible es el humor, la distancia irónica, el desencuentro emotivo con el propio mundo.

Si, por un lado, los libros-hombre de Deriva remiten al Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, no obstante es el Bradbury más vívido y carnal de las Crónicas marcianas quien da sombra a esta obra. En Fahrenheit, Bradbury es deliberadamente abstracto, alegórico, simbólico, y por tanto de una eficacia limitada. Así ocurre también en la novela de Orwell, 1984, o en aquel nuevo paraíso de Tomás Moro, su asfixiante Utopía renacentista. En las Crónicas, sin embargo, obra miscelánea y ejemplar, es el hombre con sus miedos, con su pobreza, con sus sueños, quien aborda unas naves que despegan desde las praderas de un sur post-esclavista. Pocos libros hay con su altura poética en el siglo XX, y ello por haberse ceñido a lo concreto, a lo verosímil, a lo usadero, y no a una vaga epopeya trascendente. Con lo cual, uno de los mayores aciertos de Deriva es este transitar de la fantasía a la nostalgia, del rayo turbulento a unos versos de Hölderlin, sin que la herrumbre alegórica petrifique su escritura. Al cabo, la science-fiction no es otra cosa que una proyección de los deseos humanos sobre un escenario ignoto. En Deriva, no obstante (obra primeriza, a veces atropellada, a veces de inusitada tensión lírica), es el personaje, el escritor, quien se proyecta y resume, quien se elucida en unas páginas que ignoran su destino. Deriva, así, marcha hacia un final promisorio y adánico, es decir hacia un Comienzo, con el amor en triunfo y la literatura en salvo. Bien mirado, no mucho más se le puede pedir a un hombre, a esta Deriva, a cualquier libro.

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