Poética de autoayuda

Las tres películas que ha dirigido hasta la fecha Julian Schnabel coinciden en el retrato de tipologías artísticas basadas en personajes reales que han encontrado en la creación un modo de defensa y protección contra las agresiones del entorno.

El pintor undergroud neoyorquino Basquiat (Basquiat) o el poeta cubano Reinaldo Arenas (Antes que anochezca) podían preludiar en cierto modo el interés por un personaje extremo como Jean-Dominique Bauby, redactor jefe de la revista Elle que, tras sufrir un grave accidente bascular en 1995, quedó impedido y paralizado hasta su muerte en 1997, tiempo en el que, a golpe de parpadeos, escribió una novela autobiográfica titulada La escafandra y la mariposa.

Schnabel acude de nuevo a un personaje real y a su propia obra para reivindicarse como director concienciado con el sufrimiento y sensible a sus vías de escape a través del arte con mayúsculas. Para ello, como no podía ser de otra forma viniendo de un artista, Schnabel reviste la historia de Bauby de una serie de preciosistas estrategias formales que, buscando traducir en imágenes y sonidos sensibles un estado mental atribulado, se articulan en torno al trabajo del punto de vista subjetivo, la narración en off, la representación de la dimensión onírica y el viejo recurso al flash-back con canciones (Tom Waits, U2 o la música de Los 400 golpes, todo cabe en este popurrí culturalista y fino) para trazar un retrato poético, poliédrico e impresionista de un ser hiperconsciente en una situación extrema. Si asumimos, con dificultad, la originalidad de la propuesta de Schnabel, cabe preguntarse también por los aderezos de estética publicitaria (cortesía del fotógrafo Janusz Kaminski, cuya querencia por los flous y demás efectismos de dudoso gusto es de sobra conocida) que confunden lo poético con la cursilería, el discurso humanista con los lemas de manual de autoayuda, el mundo real, o sea, la verdadera confrontación con el dolor y la muerte, en definitiva, con una ensoñación y una pasarela de bellezas en bata blanca que idealiza (y banaliza) cada escena hasta convertir a nuestro personaje, defendido con cierta dignidad por Mathieu Amalric a pesar del grotesco maquillaje, en un héroe irónico y desencantado, lúcido y sufriente, con el que no será difícil simpatizar en un ejercicio de impudicia sentimental que nos recuerda, cómo evitarlo, a Mar adentro.

Incapaz de mantenerse firme en sus retos estéticos y formales, tambaleante siempre ante la materia sentimentaloide de su relato (incluidos los chistecillos para relajar la tensión), complaciente, en definitiva, con esa idea (falseada) del arte como terapia, Schnabel sucumbe al torrente emocional de sus propios clichés de modernidad y nos endilga, con todas las papeletas para acaparar numerosos premios, una de esas películas ante las que uno acaba sintiendo un poco de vergüenza ajena y muy poca compasión (¿de eso se trataba, verdad?) por el sufrimiento humano de un señor ejemplar.

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