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Poesía y verdades

  • Acogido al famoso título de Rilke, el poeta catalán Joan Margarit publica un breve y esclarecedor ensayo donde reflexiona sobre el género y ofrece las claves de su poética

Presentada hace unos meses en Barcelona, la nueva editorial Barril & Barral -bautizada con los apellidos de sus dos inspiradores, el veterano periodista Joan Barril y el joven editor Malcolm Otero Barral, nieto del célebre editor y poeta- se ha estrenado con dos libros valiosos que anuncian la formación de un catálogo inequívocamente literario: las cartas completas de Arthur Rimbaud, recogidas bajo el título Prometo ser bueno, y esta hermosa meditación de Joan Margarit, un poeta de reconocida trayectoria que ha recibido en los últimos años premios tan importantes como el Nacional de Poesía, concedido a su poemario Casa de Misericordia (2007). El también prestigioso arquitecto y catedrático, ya jubilado, de Cálculo de Estructuras, ha publicado más de veinte libros de poemas -escritos en catalán a partir de L'ombra de l'altre mar (1980)-, pero este que ahora ve la luz, primorosamente editado, es su primer ensayo. Toda una lección magistral en la que Margarit reflexiona, desde su dilatada experiencia como lector y hacedor de versos, en torno a un género que califica como el más exacto -del mismo modo que las matemáticas respecto de las otras ciencias- en el ámbito de las letras.

"Tenía veinte años cuando leí por primera vez las Cartas a un joven poeta de Rainer Maria Rilke. En ellas aprendí algunas verdades, sobre mí mismo y sobre la poesía, que me han acompañado siempre". Como revela con claridad el título elegido, Margarit se acoge a la sombra tutelar del gran poeta checo, entre otras cosas porque "las cuestiones fundamentales" que conciernen a la poesía apenas han variado desde entonces ni tienen por qué hacerlo en el futuro. Pero los diez breves capítulos de que consta el libro no se presentan en forma de cartas propiamente dichas -"Me dirijo a alguien que no me ha escrito"-, sino más bien de pequeños ensayos en los que el autor recorre, al hilo de su experiencia, algunos de los grandes temas de siempre. Es una aproximación teórica, sólo que acogida a la memoria personal de un poeta que se ha caracterizado por servirse de sus vivencias íntimas para convertirlas en materia de reflexión universal, y desde este punto de vista las Nuevas cartas de Margarit plantean un reencuentro del poeta de la plena madurez -que juzga severamente sus inicios- con las dudas y perplejidades del joven que fue, tan parecido a cualquier joven de cualquier tiempo.

La poesía, dice Margarit, "no es un oficio ni una profesión". Se precisan unas condiciones innatas que no pueden aprenderse, al contrario que las herramientas que también son necesarias para escribir un buen poema, pero que por sí solas no bastan. No hay que tener prisa por publicar; de otro modo -como le ocurrió a él- uno puede arrepentirse. Es conveniente frecuentar la lectura de los maestros, pero sabiendo liberarse a tiempo de su influjo para encontrar una voz propia. Es inútil aspirar a ser poeta sin sentir "una necesidad imperiosa, inaplazable", muy parecida a una obsesión, que vale también para los lectores, puesto que "ser un buen lector es más difícil que ser un mal poeta". Luego, el poeta debe conocerse a sí mismo, conforme a la inmortal sentencia socrática, y ser capaz de reproducir en el lector la emoción que él ha sentido antes, dado que los "itinerarios interiores" de ambos -y de todos los seres humanos- son susceptibles de reaccionar a los mismos o parecidos estímulos. Un libro de poemas exige la máxima tensión por parte del lector, que no es tanto el oyente de un concierto como el intérprete de la partitura. La concisión y la exactitud son -más que las características formales como la rima o la métrica- las cualidades distintivas de la poesía frente a la prosa. Un buen poema no admite una lectura en clave de entretenimiento. Sólo es válida la poesía, aunque compleja, inteligible. La novedad o la originalidad son conceptos vanos aplicados a la poesía, para la que se requiere una combinación de osadía y humildad. Frente a la tradición romántica y vanguardista, el creador debe adecuar la poesía a la vida, y no a la inversa. La poesía comprometida -con la religión, con la filosofía o con la política- no suele ser memorable. El amor es un tema difícil e inabarcable que linda con el sexo y la muerte y en cuyo vasto territorio hay espacio para lo más sublime y lo más abyecto. La soledad, en fin, es a la vez el destino del poeta y la condición imprescindible para su actividad creadora.

Son sólo algunas de las ideas que propone Margarit en este sencillo opúsculo donde trata un poco de todo, con el propósito de aleccionar a los jóvenes poetas y también o fundamentalmente de cifrar las claves de su propia poética, muy alejada de las propuestas visionarias que echan mano de conceptos abstrusos para justificar la vía irracionalista, tan a menudo infecunda. Situado a ras de tierra, el autor defiende la "inteligencia sentimental", el sentido común o la convicción de que la vida -incluida la experiencia del dolor- está en el sustrato de todo arte genuino. La emoción estética puede comunicarse, y al contrario de lo que a veces se piensa, no hace falta disponer de especiales cualidades para acceder a ella. No todos valen para ser poetas, pero cualquiera, con un mínimo de esfuerzo, puede compartir el placer y la enseñanza -el consuelo y "la iluminación"- que la poesía procura.

Joan Margarit. Barril & Barral. Barcelona, 2009. 96 páginas. 17 euros.

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