Paul Haggis, maestro de la compasión

Como consecuencia de las gigantescas crisis abiertas por los magnicidios de John F. Kennedy (1963), Bob Kennedy y Luther King (1968), la guerra de Vietnam (1965-1973) y el Watergate (1972-1974), los Estados Unidos parecen haberse perdido a sí mismos y buscarse para refundarse a partir de su tradición republicana, que anticipó, con la Constitución de 1788, lo que un año después representó la Revolución Francesa. Hubo un tiempo en que fueron la tierra prometida que cantaban los peregrinos o la esperanza del mundo libre en lucha contra el nacionalsocialismo y la contención del estalinismo. Desde mediados de los 60 esos ideales se han desmoronado; y no parece que los sucesivos mandatos que han ido de Ford a Bush, y mucho menos las intervenciones en Iraq de 1990 y 2003, hayan ayudado a su recuperación. Viene todo a cuento porque En el valle de Elah trata de esta crisis, de estos ideales perdidos y de la necesidad de recuperarlos. Su mismo título en forma de referencia bíblica -Elah es el valle en el que David venció a Goliat, simbolizando la victoria de los débiles sobre los fuertes y del bien sobre el mal- alude directamente a este conflicto: ¿qué ha sido de aquella Promise Land?

Desde Apocalypse Now a Missing o The War Tapes,grandes películas han analizado, en este marco de desmoralización interna, las realidades y consecuencias de algunas intervenciones -abiertas o encubiertas- en Vietnam, Chile o Iraq. En el valle de Elah sigue el esquema de Missing -la búsqueda de un hijo desaparecido emprendida por un padre desesperado- para llegar al corazón del horror -la guerra de Iraq- que Apocalypse now situaba en Vietnam. En este caso el padre no ha de viajar muy lejos, porque el hijo ha desaparecido del cuartel tras su regreso a los Estados Unidos. Y el horror de la guerra es mostrado a través de sus consecuencias, en las conciencias devastadas y las sensibilidades embrutecidas por lo que los soldados han visto y han hecho.

Como el personaje que interpretaba Lemmon en Missing, Tommy Lee Jones cree en América. Es un veterano que rige su sobria vida por un recto código de comportamiento, un sincero patriotismo y un castrense sentido del deber. Aún en la angustia por el destino de su hijo es capaz de detenerse para colocar correctamente una bandera y no deja de lustrarse cada noche concienzudamente los zapatos, tal vez para domar el caos con el orden y la rutina. Pero cuando este hombre, que ha perdido a su hijo mayor en un accidente de helicóptero y ahora busca al pequeño pide ayuda, América -el ejército, la policía, la Administración- no le responde. "Mi hijo se ha pasado los últimos 18 meses llevando la libertad y la democracia a un agujero perdido, y a servir a su país. Merece algo mejor que esto", le dice a los cínicos policías, que le dan largas.

Se comprende que quien ha escrito esta frase, el guionista y realizador Paul Haggis, haya declarado que éstas son "historias que necesitan ser contadas y que hasta cuentan con el apoyo de sus protagonistas, o al menos de esos familiares que recuerdan cómo sus hijos, esposos o parientes dispararon o se suicidaron nada más regresar de este cruento conflicto". Tras ver su espléndida película también se comprende que, siendo extremadamente crítico con la guerra de Iraq, asegure que su apoyo a los soldados allí destacados es mayor que el de todos esos que se pasean "cacareando patriotismo con pegatinas en el guardabarros del coche".

Haggis, que ha escrito para Eastwood guiones que son piezas maestras de análisis de la sociedad norteamericana a través de tragedias personales ha dirigido con firmísimo pulso dramático y gran estilo cinematográfico esta emocionante película que supera su anterior y premiada Crash. En este regreso a la filmación de sus guiones parece más próximo al severo universo y la contención emocional de Eastwood que a la espectacularidad y coralidad un tanto superficiales de Crash. Esta severidad y contención emocional multiplica la humana y real emoción de los personajes principales -el veterano, su mujer y la policía que investiga la desaparición- soberbiamente interpretados por Tommy Lee Jones, Susan Sarandon y Charlize Theron; multiplica la humana y real emoción de la búsqueda que irá demoliendo todas las certezas, hasta las que conciernen a su hijo, de este padre desesperado; y multiplica la humana y real emoción de imágenes -los padres en la morgue, la conversación telefónica con el hijo, la policía asiendo la mano de la mujer asesinada, las lágrimas de la madre- de grandísimo calado cinematográfico. No se la pierdan.

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