PESSOA El escapista frente al amante de la lógica

  • El onubense Manuel Moya traduce la mayor selección de cuentos aparecida hasta el momento del escritor portugués

Es ya largo el vínculo que une al poeta Manuel Moya (Fuenteheridos, Huelva, 1960) con Fernando Pessoa, al que ha traducido en varias ocasiones -desde el Libro del desasosiego o la Poesía completa hasta su relato El banquero anarquista-, pero esta vez el onubense siente que está ante un proyecto especial, un "acontecimiento literario". No existe, dice, "ni siquiera en portugués", una edición de los Cuentos del autor luso como la que publica ahora con Páginas de Espuma, un volumen de casi 500 páginas que reúne 58 piezas y duplica "la mayor edición que yo conocía de los relatos, que no tenía más de 25", explica Moya. Un conjunto en el que Pessoa, el hombre de existencia discreta, exhibe sus inquietudes e intereses y se muestra, para su traductor, "más transparente que en otros géneros".

No fue tarea fácil la labor emprendida por Moya, enfrentado a la clasificación de un material ingente y responsable de un proyecto ante el que el propio Pessoa desistió. "Estuvo haciendo planes continuamente para editar, pero él, que escribía compulsivamente, fue devorado por su propia actividad literaria. Cuando tienes veinte páginas es fácil organizarlas, pero no cuando tienes cientos", comenta el especialista. Aproximarse a la producción del escritor implicaba además varios desafíos: su interés por mezclar géneros, "algo que lo hace tan moderno", provocaba que los relatos distaran poco de los ensayos y que el investigador se preguntara "dónde poner la línea de separación". Aparte, detallar los casi 30.000 documentos escritos que contiene el arca con el legado literario de Pessoa se complicaba por tratarse de un autor que soñaba y esbozaba historias que no llegaba a materializar o que retomaba textos antiguos para rehacerlos, en una operación en la que a menudo les cambiaba el título. Un ejemplo de ello es una narración bautizada en 1910 como El naufragio de la barca Texas, quese llamará años después, en 1915, La pérdida del yate Quero y llegará hasta nuestros días como La pérdida del yate Nada. "Ha sido difícil fechar todo eso", reconoce Moya, "porque a veces cogía un cuento de 1910 y seguía con él en 1922", apunta el onubense sobre el esfuerzo que ha supuesto la edición.

Pessoa, valora Moya, nunca fue "un cuentista al uso", y en esa faceta tuvo también desdoblamientos y diferentes encarnaciones. El chaval que se trasladó a Durban (Suráfrica) con su familia y que ya se sentiría siempre un extranjero, incluso en el regreso a su tierra, se formaría con la literatura anglosajona y seguiría la estela de su admirado Poe en su obra temprana, en ficciones como La puerta y Una cena muy original. Dickens, Chesterton, Conan Doyle o Wells son otros maestros que dejarían huella en su sensibilidad. "Algunos de ellos eran autores que se estudiaban en el instituto y que conforman su sustrato literario", indica su traductor sobre esas primeras creaciones, en las que ya apuntaba algunos rasgos propios como su curiosidad por el ocultismo o una prosa un tanto estática que avanzaba entre disquisiciones de carácter intelectual.

Entre los frentes que distingue Moya de los cuentos estarían los textos en los que los personajes apelan a la lógica. Pessoa "racionaliza en medio del caos como el náufrago que se agarra a la balsa, antes de sumergirse", anota Moya en la introducción, una idea en la que insiste más tarde en esta entrevista. "Él intenta pasarlo todo por el tamiz de la razón porque piensa que así se salvará de la locura, un tema que le obsesiona, del que hubo algún caso en su familia", asegura el investigador.

Escindido entre el escapismo -no en vano, recuerda Moya, la palabra que predomina en su obra es "sueño"- y el rigor de la ciencia, el escritor tampoco escaparía de la pesadumbre de los años de la Gran Guerra, un ambiente hostil que influye en obras de corte casi expresionista como Cacería o La trinchera. Pero el portugués es también un vanguardista que hermana la realidad y el sueño y mezcla planos de conciencia en un registro próximo a la poesía, o un artífice de historias esotéricas que encuentra "una salida sicológica a su particular desvalimiento" en el espiritismo. Muchos Pessoas, el hombre entre el instinto y la deducción, el soñador y el pragmático, cohabitan en estas páginas.

En el retrato que traza Moya de Pessoa, en el prólogo, el autor sigue siendo ese tipo de vida modesta con una entrega febril a la escritura, pero en el perfil hay un detalle que escapa de lo consabido: frente a lo que se suele pensar, el autor fue un hombre admirado por sus coetáneos. "Cuando murió los diarios le dedicaron páginas completas. Algunos lo consideraban ya el gran maestro de las letras portuguesas".

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