Mil palabras, mil imágenes

  • 'Emigrantes' es un excepcional álbum del australiano Shaun Tan que apuesta todo o nada a favor de la imagen

Una imagen, dice el dicho, vale más que mil palabras. Pues bien, no estoy de acuerdo. No es cierto, o no lo es siempre. Las imágenes logran prescindir de todo comentario sólo en determinadas ocasiones. Pensemos en una noticia tristemente habitual en el telediario nuestro de cada día: ha habido un atentado terrorista. Si conocemos el momento y el lugar, las escenas de chatarra retorcida, los escombros humeantes, los rostros de desesperación o rabia hablan por sí solos. No obstante, debido a la polisemia de la imagen, necesitamos de palabras para acotarla debidamente; las escenas del ejemplo podrían pertenecer a media docena de desastres diferentes si no tuviéramos una información previa. Y si esto es así en el mundo de los hechos, no digamos ya en el de las ideas. En el mundo de las ideas, mil imágenes jamás serían tan certeras como unas pocas palabras. Nada de cuanto llevo escrito hasta ahora lo habría expresado nadie con imágenes. ¿O sí?

Algunos lo han intentado. En 2006, el australiano Shaun Tan presentó un álbum excepcional, Emigrantes (Bárbara Fiore Editora), que reivindicaba ésta como medio suficiente para un mensaje complejo. Salvo en el título y en una dedicatoria, no hay más palabras en esta poderosa obra. Los personajes carecen de nombre; no lo necesitan. Son como esos individuos anónimos con quienes nos cruzamos en cualquier momento, cualquier día y, no sabemos bien la razón -si por sus rasgos, un gesto o qué-, comenzamos a especular sobre su existencia. Los lugares también son anónimos y, al igual que la época, imprecisos cuando no abiertamente imposibles. Por la manera de vestir, la arquitectura o el viaje del protagonista, desde una tierra que pudiera ser Europa a otra que quizás fueran los Estados Unidos, pero que no son ni lo uno ni lo otro, situaríamos la historia en la segunda década del siglo XX, en el período de entreguerras. Shaun Tan desbarata estas certezas mediante la inclusión de elementos puramente fantásticos: edificios y monumentos, máquinas y vehículos, animales o plantas que no existen ni, que se sepa, han existido. El miasma kafkiano se alza espeso. No nos sorprende: ¿En cuánto de lo que es no está Kafka?

Emigrantes es una obra de emociones antes que de ideas; sin embargo, las primeras encienden las segundas. En el primer capítulo, el protagonista mete dentro de una maleta de cartón una foto de él junto a su esposa y su hija. Nos basta verle el rostro y la pesadez del ademán para percibir su tristeza. Cuando sale a la calle acompañado por su familia, un ser monstruoso proyecta su sombra en la fachada de la casa. Son tiempos difíciles. En la estación, el hombre abraza a su hija, consuela a su esposa, no vayas a llorar ahora, por favor, coge las manos de ambas y las suelta cuando el tren se pone en marcha. Bastan estas pocas viñetas para describir el desgarro de la separación. Un océano lo separa de su destino, un país extraño, quien no haya leído el cómic no se imagina cuánto. Al llegar allí, el personaje saborea las almendras amargas del extravío: la expectación muere a manos de la impotencia sucesiva. En las aduanas, se deja llevar, conducir, confundir. Le entregan una documentación indescifrable. Le dan unas indicaciones que no entiende. Y una vez en el exterior ignora a dónde dirigirse para pasar la noche. No es necesario haber pasado por una situación semejante. La fuerza del dibujo consigue que el lector haga suyo ese desconcierto.

Shaun Tan ilustra con intensidad impar la experiencia de hallarse solo en tierra extraña; e insisto, necesitaría de imágenes para darles a entender cuán extraña es ésta (Las palabras revolotean como pajarillos contra el techo de la jaula sin levantar el vuelo). El protagonista se encuentra con otras personas en circunstancias similares: una chica de trazos orientales huida de una existencia de esclavitud, imaginen gratitud en la porcelana del rostro; un hombre que ha escapado de la aniquilación de su raza, pónganle rescoldos de miedo en la mirada; un anciano superviviente de una guerra lejana, tracen arrugas como heridas en su frente… Poco a poco, el personaje se siente menos solo, más entero. El hombre, criatura imperfecta, necesita de sus semejantes para completarse. Emigrantes es un relato de gran emotividad y una experiencia estética de primer orden. El color sepia, ese color de foto antigua de las ilustraciones, parece abrirnos una ventana al patio trasero del ayer; la historia, sin embargo, no es de ayer, ni tampoco de hoy, sino de siempre.

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