Metáforas de la crueldad

Desesperado y terrible, también innecesariamente estirado, la cuarta cinta de Samira Makhmalbaf, la mayor de las jóvenes hijas cineastas del iraní Mohsen Makhmalbaf, autora precoz de tres largometrajes inopinadamente maduros y lúcidos (La manzana, La pizarra y A las cinco de la tarde), adopta la distancia de la metáfora y la aridez del paisaje rural afgano para seguir hablándonos (en realidad lo hace la voz de su padre, guionista de esta historia) del Irán contemporáneo, de la intolerancia y la amputación de las libertades, de la deshumanización del hombre en definitiva.

El caballo de dos piernas prolonga en cierto modo aquella vía abierta en Kandahar, filme que nos dejaba algunas imágenes sobrecogedoras de los desastres de la guerra: prótesis caídas del cielo para piernas mutiladas por las minas antipersona.

Como en tantos otros filmes iraníes, regresamos a la infancia como metáfora, aquí del germen de la crueldad del hombre, a un terrorífico e incesante juego de niños convertidos en amo y siervo, en hombre y animal, trasuntos de la inercia irreflexiva y salvaje de los abusos de un mundo adulto presidido por el fanatismo, la ignorancia, la miseria, el machismo y la corrupción.

Revestida de un aire simbólico que en ocasiones resulta demasiado obvio y redundante, El caballo... apunta con su aire de fábula negra al corazón mismo de la degradación de la especie a través de un relato cíclico y repetitivo que oscila entre el realismo extremo y la pesadilla diurna, un relato plagado de imágenes poderosas pero también de momentos de excesivo e incontrolado patetismo.

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