McGinty, los efectos de una súbita honradez

Se edita entre nosotros la primera mirada de Preston Sturges. Pionero en pasar, no sin trabajo y humillación (le vendió a la Paramount el libreto por la cantidad de 10 dólares, a cambio de poder ponerse tras la cámara), de la escritura de guiones a la dirección, Sturges acumuló en una de las mejores filmografías de la ingrata profesión un puñado de comedias satíricas en las que los EEUU quedaron desmenuzados por el ojo de un firme detractor y un apasionado de sus virtudes.

La historia es sencilla y literal: un vagabundo con ganas de dejar de serlo participa en un miserable tongo electoral. Se trata de votar por aquellos que se han quedado en casa (o por las almas muertas), y que así haya más posibilidades de que el candidato al que apoya la mafia salga elegido. McGinty, el desarrapado, vota 37 veces, recorriendo la ciudad y haciendo parada en cada establecimiento acondicionado para la expresión democrática. Igual de bruto e insensible que el hampón que organiza el pucherazo, entre ellos nace una amistad que sólo se expresa a puñetazos. McGinty, más tarde, será el elegido, boda express y familia postiza mediante, para presentarse a gobernador de Estado. Oficio que, tras una inyección de honestidad de su esposa, debe abandonar, terminando sus días, al no estar dispuesto a pudrirse en prisión, de camarero en una república bananera: lugar desde el que narrar, en flashback, esta parábola de ascenso y caída, el oasis sudoroso en el que la pandilla de hombres que la protagoniza se puede dar de mamporros en fulgurantes peleas.

Si Capra utilizaba la inocencia para desmantelar las hipocresías del sistema, Sturges se sabe y nos sabe demasiado humanos, contentándose con hacernos ver que ese sistema no es bueno, sino sólo potencialmente: el sueñoamericano y su vinculación con el individualismo democrático también puede servir, y a menudo es así, para que desalmados se enriquezcan a costa de valores en los que no creen. McGinty (Donlevy) es un armario empotrado que comete el error de dejar de ser deshonesto sin quererlo ni sentir la necesidad (su mujer le recrimina la tardanza en elevar propuestas progresistas mientras McGinty dice no tener malos recuerdos de su infancia de trabajo fabril): él no quiere cárcel ni regeneración; al final se contenta con solucionar la economía de la mujer amada y sus hijos: en Latinoamérica le esperan muchos años de barman, pues allí el sueño recoge con mucha menos frecuencia.

The great McGinty, 1940, difícil no pensar, entre golpes y frases desarmantes, en la pérdida de talento para comprendernos.

Etiquetas

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios