Letras híbridas, textos mestizos

  • Los géneros fronterizos, la presencia del discurso cinematográfico, el estilo fragmentado y la incorporación de nuevas fórmulas textuales despuntan como características en la literatura de inicios del siglo XXI

Más allá de los temores universales -aquellos que no cambian desde Homero- es innegable que cada época tiene una forma de contar la realidad, de regurgitar el mundo. Un cuento, hoy en día, podrá imitar pero no podrá ser nunca como los del conde Lucanor. Una novela, hoy en día, podría imitar pero no tendría por qué ser como La Regenta. Y dado que al mundo nuestro le toca mutar mucho más y más rápido que nunca en su historia, es inevitable preguntarse en qué forma influye todo esto en las letras con aspiraciones. Cómo respiran los textos, en definitiva, de una época principalmente visual, en la que los nuevos autores no tienen recuerdos que no incluyan una pantalla de cristal líquido y en los que se trabaja, de continúo, conceptos como la horizontalidad y la simultaneidad -Jorge Carrión dixit-.

Curiosamente, es en la publicidad donde mejor podemos observar esa evolución en la línea narrativa. Más de uno recordará con nostalgia la época en la que, para anunciar un coche, sólo hacía falta echar mano de alguna modelo escultural. La mayor parte de los anuncios de hoy en día, en cambio, son sugerentes, inquietantes, cuentan en segundos multitud de historias. Y no siempre se entienden: un importante sesgo de población -los que nacieron antes de los sesenta- es muchas veces incapaz de seguir los vericuetos propuestos por los anunciantes. Que salga Bruce Lee hablando en subtítulos y animándoles a ser agua no tiene nada que ver -en principio, linealmente- con comprar un BMW

Y si el discurso publicitario cambia, la literatura también lo hace, introduciendo criaturas híbridas y nuevas características. En su célebre artículo ¿Vivir o leer novelas?, Vicente Verdú le echaba su puñado de tierra al género novelístico y abogaba por la necesidad de crear "una narrativa hipertextual". Sin necesidad de matar a nadie, es bien cierto que lo que hará característica a la narrativa de los albores del XXI será una irremediable tendencia a ir "más allá". Una tendencia visible en varios aspectos, siendo el primero de ellos la creación de géneros fronterizos: todo aquello que no es puramente novela ni poesía ni cuento ni cómic. Destaca también la influencia del discurso cinematográfico en las obras literarias: la narración se organiza por escenas; los diálogos son rápidos, directos, frescos. Y, sobre todo, cobra importancia una narrativa que deja atrás lo explícito para sumergirse en un mundo de sugerencias y evocaciones, fomentando al lector varón de Cortázar, activo, participativo -los anuncios televisivos que mencionábamos antes exigen tener un receptor de este tipo. Como también suele exigirlo el resucitado género del microcuento-.

Ante los versos rotos, las estructuras narrativas fragmentadas y las imágenes sin ilación "cabe preguntarse -comenta Vicente Mora en La Luz Nueva (Berenice)- si se trata de una elección personal o son los efectos colaterales de una nueva cosmovisión icónica". La realidad, apunta el autor, resulta demasiado complicada para ser contemplada de un sólo trazo.

El tema del lector-creador sigue una cuerda que nos haría retroceder a Borges, y a Laurence Sterne, y a Cervantes. Justo los mismos nombres que saltan al tratar el siguiente de esa literatura que le coge el pulso al momento: la inevitable presencia de Internet y las nuevas tecnologías. Los modos y maneras de la Red no sólo aparecen formalmente en formato libro -un par de ejemplos al asalto: el cuento Búsquedas, de J. Carrión (Mutantes, Berenice) o la poesía de teléfono móvil de David Aldaya en SMS (Calambur Editorial)-. La Red llega a constituirse en esencia misma del proceso creativo literario: los blogs se vuelven punto de encuentro entre escritores -a manera de virtuales cafés literarios- y se convierten en semilleros de posibles obras. El término blook -recuperado, aunque no lo parezca, del inglés antiguo- viene a darle nombre a todas aquellas bitácoras que terminan volcadas en papel, ya sea recopilando los "artículos de café" -tal que los de Félix de Azúa, Santiago Roncagliolo y Marcelo Figueras en El Boomeran(g)- o bien desarrollando tramas e historias de ficción, como sucedió con Diario de una Miss 'Intelijente' (El tercer nombre) de Arturo Vallejo o Más respeto, que soy tu madre (DeBolsillo) de Hernán Casciari.

Muchos de los puntos reseñados aparecen, por supuesto, a la hora de describir a la llamada Generación Nocilla. Una denominación acuñada en el I Encuentro de Nuevos Narradores y que incluye nombres como Jordi Costa, Manuel Vilas, Isaac Rosa o Braulio Ortiz Poole. Las características de los nocilleros -que rechazan cualquier definición generacional- serían las siguientes: nacidos en los sesenta-setenta, viajados, hablan idiomas, son bloggers, cultivan los textos híbridos y suelen publicar en editoriales minoritarias. Comparten, por supuesto, iconos televisivos. Y no establecen diferencias entre realidad y ficción. Vicente Luis Mora llega a hablar incluso de una narrativa de Pangea, que recogería elementos como el presente circular, el escepticismo, la presencia estructural de recursos visuales o las nuevas fórmulas textuales (blog, chat, email).

Aún resulta algo arriesgado, sin embargo, establecer absolutos: si todo lo dicho refleja aquel "polen de ideas" del que hablaba Faulkner o si son sólo meras coincidencias temporales se verá, suponemos, con un poco más de distancia. Una cosa es bien cierta: gran parte de la literatura española vive "secuestrada" en el pulso de hace dos décadas. Editoriales y lectores harían bien en apostar por mundos más allá del intimismo estético, el realismo descarnado y las "otras novelas" sobre la Guerra Civil.

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