El Juli, a gran nivel, triunfa en la feria de Valencia junto a El Fandi

  • El madrileño ofrece una gran dimensión ante el quinto, un ejemplar deslucido, al que termina imponiéndose a base de temple y Rivera Ordóñez, vuelta al ruedo

La inquietud de los toreros, de siempre, de llenar las plazas y cobrar más que nadie, este año se acentúa en Valencia por el fenómeno José Tomás. Lleno asegurado. Pero ojo con el público cuando la afición es sensiblemente minoritaria. Público fácil y aplaudidor, y al tiempo consentido. Quieren lo que quieren, esté reñido o no con la ortodoxia. Casi siempre pasan de lo bueno. Y a veces exigen auténticos disparates taurinamente hablando. Una amalgama de opiniones muy contradictorias.

Un ambiente fácil para los de los efectos especiales, y más severo para quien va con la verdad y la pureza por delante. Por eso a El Juli le costó más el triunfo. Y precisamente también por eso ese triunfo tiene todavía más méritos. Un Juli muy metido en la corrida desde el saludo de capa a su primer toro. Los pitos que le exigían de las banderillas, después de tantos años sin ponerlas, delataban la ignorancia de una importante mayoría en el tendido, incomodando al torero cuando iba a coger la muleta. En la faena, no obstante, superó todos los inconvenientes al ponerse el torero sin titubeos en el sitio justo, donde el toro respondía con la mayor emoción. También el trasteo se resolvió en una notable cota artística. Así cayó la primera oreja.

Y en el quinto todavía más. El Juli esperó y llevó al toro desde el primer muletazo con extraordinaria exactitud y limpieza. Crecieron las series en cantidad y calidad, elocuente expresión de mando, poderío y torería. Y las lanzas se volvieron definitivamente cañas en el tramo final. Fin de fiesta de auténtico frenesí.

Rivera desaprovechó su primero, cortándole el viaje en un trasteo que planteó de las rayas hacia dentro, en busca de un arrimón que no llego ni a simulacro. En el cuarto sorprendió con un tercio de banderillas, con soltura y seguridad.

El Fandi se centró fundamentalmente en el capote, variadísimo, con largas cambiadas, verónicas y chicuelinas, incluso quite por navarras. En banderillas fue el acabose. La plaza echaba humo. Con la muleta no hubo acople y todo se vino abajo. En el sexto, más de lo mismo. Con la muleta se tapó mejor, aún sin llegar a estructurar faena. Y como esta vez entró la espada a la primera, se desató el fervor, dos orejas.

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