Crítica de Cine cine

Jessica Chastain reina en una gran película

Jessica Chastain, en una escena del primer largometraje de Aaron Sorkin como director. Jessica Chastain, en una escena del primer largometraje de Aaron Sorkin como director.

Jessica Chastain, en una escena del primer largometraje de Aaron Sorkin como director.

Que Aaron Sorkin era un tipo con gran talento ya lo sabíamos. Lo había demostrado como dramaturgo (Algunos hombres buenos, Making Movies o The Fansworth Invention), como guionista cinematográfico (debutando con la adaptación teatral de Algunos hombres buenos y continuando con La guerra de Charlie Wilson, La red social -por la que ganó un Oscar-, Money Ball o Steve Jobs) y como guionista y productor televisivo (la tan influyente El ala oeste de la Casa Blanca). Ahora sabemos que además es un muy buen director en su debut con una historia real que parece inventada, rodada con una sabiduría y precisión sorprendentes en un debutante. Relativamente debutante, es cierto, como acredita su currículo: pero una cosa es escribir guiones, trabajo creativo solitario sobre el que se tiene un control absoluto, y otra muy distinta dirigir, rara forma de creación a la vez personal y de equipo.

Historia muy americana de ascenso, caída y redención, esta película trata de la sorprendente vida de Molly Bloom, una campeona de esquí que tras echar a perder su carrera deportiva y su vida se convirtió en la millonaria organizadora de partidas ilegales de póquer en las que participaban estrellas de Hollywood y del deporte, empresarios y mafiosos. Investigada por el FBI, se vio inmersa en un proceso que requirió de las habilidades de un famoso abogado -otro personaje peculiar, aunque no tanto como ella- para salvar su no tan diáfano imperio del juego. La estructura del guión, basado en las memorias de Molly Bloom, es perfecta en su sinuoso pero nunca confuso jugar con los tiempos. La puesta en imagen es contundente e inteligentemente vulgar -porque trata de lo que trata y de quienes trata- manteniendo a la vez una casi imperceptible pero eficaz elegancia narrativa que la aleja de recientes modelos que incurren en la vulgaridad efectista para reflejar los ambientes del dinero hortera y sin escrúpulos. Una cosa es recrear la vulgaridad y otra incurrir estilísticamente en ella al hacerlo. Una cosa es definir efectistamente los planos y acelerar el montaje para transmitir la sensación de un universo y unos personajes desquiciados, y otra que el director y el montador se desquicien. Y pienso, al escribirlo, en el último Scorsese (no en el que aún era grande, el de Casino, con la que esta película sí puede relacionarse).

Retrato de un personaje singular extraordinariamente interpretado por Jessica Chastain, retrato también de un mundo, unas mentalidades y unas formas de vida que podríamos llamar, simplificando, capitalismo salvaje -la brutalidad, grosería y ostentación del dinero como valor absoluto- entre las que Molly Bloom se desliza como si siguiera esquiando, esquivando peligros y avalanchas. Hay profundidad humana en este personaje, que se alza por encima del mundo que ella misma ha creado y amenaza con devorarla, y en algunos de los personajes clave que la rodean, sobre todo los interpretados por unos estupendos Idris Elba y Kevin Costner. Es muy de agradecer, por tratarse de algo por desgracia cada vez más raro, que Sorkin no renuncie a la reflexión ética en su fascinación/compasión hacia la protagonista. Que haya creado una película pintoresca (por el universo del juego ilegal que retrata), humana (por el tratamiento de los personajes), crítica (por la mirada sobre cierta sociedad americana) y muy entretenida, incluso apasionante.

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