Instantes de una mitología

  • La londinense James Hyman Gallery acoge hasta el día 28 una exposición de fotografías de Raymond Cauchetier, reportero oficial de la 'Nouvelle Vague' francesa

La imagen de Jean Seberg con su camiseta blanca del New York Herald Tribune y Jean-Paul Belmondo con su sombrero paseando por los Campos Elíseos de París en una escena de Al final de la escapada (1959, Jean-Luc Godard) es ya uno de los iconos indiscutibles del cine moderno, hito fundacional de una nueva mitología cinematográfica, fresca, joven y desenfadada, que iba a sustituir la distancia aurática de los grandes astros del cine americano, creados tantas veces a partir de un científico método de fabricación de glamour y fotogenia, por una nueva imagen de marca que daba paso a una nueva y estimulante etapa de la historia del cine, mucho más espontánea y cercana a los modelos de una nueva juventud a pie de calle.

Esa imagen quedó congelada por el objetivo de Raymond Cauchetier (1920), veterano reportero de guerra de las Fuerzas Aéreas francesas curtido en mil batallas (Indochina, Camboya), foto-fija de aquel rodaje y, desde entonces, fotógrafo oficial de los grandes títulos de una cinematografía que se convertía en el epicentro del planeta-cine con su nuevo lenguaje, su atrevimiento formal y, sobre todo, sus nuevos rostros, jóvenes actores y actrices que iban a renovar el panorama del star system no sólo en el cine francés sino también en el cine europeo e internacional.

Pegada siempre a los directores y operadores como Raoul Coutard o Néstor Almendros, la cámara de Cauchetier fijó así para siempre momentos y fotogramas inolvidables que han nutrido el imaginario fetichista de toda una generación cinéfila, imágenes que han pasado a convertirse en souvenirs para cualquier turista que pase por París, instantes de una época que, como casi todas, pasó intensa y rápidamente para disolverse entre los pliegues de la memoria y la nostalgia en los estertores de una década prodigiosa a la que puso fin el furor político del Mayo del 68.

Muchas de esas fotografías, algunas de ellas inéditas, pueden verse hasta el próximo día 28 en una preciosa y recogida exposición en la galería londinense James Hyman, fotos en las que reencontramos a Seberg y Belmondo en numerosas escenas del rodaje de aquella primera cinta fundacional, dos cuerpos jóvenes, rebeldes y enamorados que Cauchetier supo mirar con la misma vibración documental con la que Godard improvisaba, a ritmos jazzísticos y homenajeando al cine criminal de serie B, su historia de huida y amour fou con parada en las boardillas de los bulevares parisinos.

Pero no sólo a ellos, el fotógrafo documentó también los rodajes de las primeras películas de François Truffaut, Jacques Demy, Agnès Varda o Jacques Rozier (Adieu Philippine), en las que encontramos a Jean-Pierre Léaud como el Antoine Doinel de Besos Robados, a los tres protagonistas de Jules y Jim, Oskar Werner, Henri Serré y Jeanne Moreau, congelados en su inolvidable carrera en el pasadizo, a ésta última, imagen de la mujer moderna por excelencia, con una maravillosa peluca rubia en una escena de La bahía de Los Ángeles, a Anouk Aimée en Lola, a Corinne Marchand paseando meditabunda por las calles de París en una imagen de Cléo de 5 a 7, a Anna Karina, musa de Godard, en Une femme est une femme, o a Françoise D'Orleac y Jean Desailly, adúlteros a la escapada, tumbados en la cama de una habitación de hotel en La piel suave.

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