Ingenuidad sin fronteras

Drama, España, 2011, 104 min. Dirección y guión: Icíar Bollaín. Fotografía: Antonio Riestra. Música: Pascal Gaigne. Intérpretes: Verónica Echegui, Sumyata Battarai, Norbu Tsering Gurung.

En apenas un año, Icíar Bollaín ha estrenado consecutivamente dos largometrajes en los que se aleja de la realidad social española de sus primeros y celebrados filmes para abrazar una suerte de world cinema igualmente comprometido y de mensaje biempensante en el que expiar la mala conciencia de Occidente, ya sea en Latinoamérica (También la lluvia) o a los pies del Himalaya.

Basado en la novela autobiográfica de Victoria Subirana, Katmandú, un espejo en el cielo lanza al viento su mensaje sobre las desigualdades, el choque de culturas y la posibilidad de cambiar el mundo a través de la aleccionadora historia de una maestra española empeñada en sacar adelante su sueño de montar una escuela en Nepal para los niños de las clases más desfavorecidas.

En efecto, todo en esta película respira el aroma (falseado) de esos programas de televisión al estilo Españoles por el mundo que, con apariencia documental, no dejan de encorsetar numerosos clichés más o menos turísticos, más o menos interculturales, sobre el afán emprendedor de aquéllos que quieren hacer lejos aquello que no pueden o no quieren hacer en casa.

Prisionera de su guión de manual, que traza al milímetro los progresos y adversidades que su protagonista (una Echegui que ha perdido las imperfecciones que tanto nos gustaban antes) encuentra por el camino, esposo de conveniencia y cómplice local mediante, Bollaín desprecia la realidad y el entorno más allá de las pinceladas costumbristas de anuncio de ONG para no salirse del carril dramático preestablecido, devolviéndonos siempre la sensación de sobreesfuerzo didáctico antes que de retrato sincero.

Por el camino, cómo no, no nos privaremos de torpes flashes explicativos, momentos ilustrativos sobre la cultura local y sus contradicciones o pequeñas tragedias cotidianas que no impiden, empero, que su espectador ideal, que no es éste que escribe, salga de la sala con la conciencia enjuagada.

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