¿Independentistas de buena fe?

  • Los equidistantes se llevan bofetadas por todas partes pero hay que reconocerles la inventiva

¿Independentistas de buena fe? ¿Independentistas de buena fe?

¿Independentistas de buena fe?

Los equidistantes (los abstemios, para decirlo con la sarcástica expresión de Savater en un artículo publicado en El país el 13 de agosto y recogido en su libro Contra el separatismo, del que se dio cuenta el 24 de noviembre en este medio) se están llevando bofetadas por todas partes. Es su sino: son "los tibios, a los que Dios escupirá", según la conocida expresión de San Juan Evangelista al hilo del juicio final. Pero lo que nadie podrá negarles -y ahí rompo yo una lanza en su favor- es su capacidad de inventiva o incluso de fabulación: lo último que han aportado al debate es la noción, verdaderamente angelical, de "independentista de buena fe".

Es un hecho notorio que el Procés ha terminado con un fiasco monumental. Nada de lo prometido por los Moisés de turno se ha producido. Antes bien, vemos que era una verdadera estafa: la Unión Europea cierra las puertas a cal y canto y Barcelona no sólo no atrae a nadie, sino que salen en estampida las empresas, los turistas e incluso los Presidentes de la Generalitat. Además, los jueces no se dejan intimidar por la cantinela de que se deben evitar los actos de aplicación de las leyes (y de castigo por su incumplimiento) porque no sólo resultan siempre desproporcionados sino que además acaban siendo contraproducentes: la acreditada teoría de la "fábrica de independentistas". Todo ese discurso (no privativo de la última fase del procés, porque son cuarenta años oyendo la misma milonga: la famosa "matraca") se ha revelado puro humo.

Pues bien, según la tesis de los terceristas, ello ha generado una gran frustración en el biotipo humano que se ha referido al inicio: el tal "independentista de buena fe", que -ahí está la premisa mayor de su silogismo- se había creído la película y ahora, dicho en términos castizos, se ha quedado el pobre con un palmo en las narices.

Siempre resultan sorprendentes los esfuerzos intelectuales que consisten en negar las evidencias, pero ahora más aún: si por ventura ese relato fuese cierto (es decir, gente que fue engañada y que ahora sufren desengaño), su comportamiento electoral el próximo día 21 consistiría en no dar una nueva oportunidad a quienes los habían embaucado. Pero sucede -los hechos son así de tozudos- que las encuestas muestran que sólo se va a producir en una medida pequeñísima: apenas quatre gats.

¿Qué falla entonces en el seráfico discurso de los de la tercera vía? La premisa mayor: que hubiera independentistas de buena fe. Porque ocurre que no es cierto. Nadie se ha caído de guindo alguno. A ver si no nos empeñamos en ignorar cómo de ciegos -y obstinados- son esta gente -casi 2 millones, 2-, aún a costa de sí mismos. Impasible el ademán. Prietas las filas. Febril la mirada. O sea, incorregibles. Los políticos de su cuerda tienen bula.

Y lo peor de todo es que no estamos ante la primera vez que ocurre. Cuando Jordi Pujol, acorralado, no tuvo más remedio que confesar (tarde y mal) que él y su familia habían hecho del arte de trincar su modo de vida, muchos del lugar (típicamente, empresarios de esos que se llaman bien relacionados, con su palco en el Liceo, tan monísimos ellos), manifestaron sentirse sorprendidos e indignados (otros caracterizados por su proverbial buena fe). Pero resulta que muchos estaban en el ajo, porque vieron y (en observancia escrupulosa de la omertá), callaron: el disimulo como técnica de supervivencia en según qué entornos. Más aún: según hemos sabido ahora, figuran en la lista de los pagadores: los donantes, sin los que el donatario no existiría.

Insisto: a los denostados equidistantes no se les puede negar su capacidad de contribuir a la creación de figuras mitológicas. Pero lo del independentista de buena fe -una criatura poco menos que seráfica- no cuela. Ni a martillazos. Jordi Pujol podría perfectamente darse el gustazo de volver a presentarse y ganar para rebañar lo que queda.

¿Cuál es el lema de esta gente tan peculiar? El pensador de San Sebastián, que suele bordar las frases, lo recoge en página 84: "La verdad nos haría libres, pero preferimos la mentira porque nos hará independientes".

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