Hipertrofia y agotamiento

Había dos alternativas a la hora de llevar a la gran pantalla las populares viñetas de Ibáñez protagonizadas por los dos agentes secretos más desastrosos de la T.I.A.: prolongar el dibujo a través de la animación o convertir a Mortadelo, Filemón, Otilia, Rompetechos, el profesor Bacterio y compañía en personajes de carne y hueso. Se optó, Javier Fesser mediante, por una opción intermedia, a saber, por el cine de ficción con hechuras de dibujo animado, posibilitado por los efectos especiales y la tecnología digital que estiraban, aplastaban o silueteaban en los muros todo aquello que hubiera que estirar, aplastar o siluetear. El resultado de aquella primera tentativa iconoclasta demostraba que el cine español podía emprender producciones comerciales de altos vuelos, aunque fracasaba precisamente por saturación y exceso, es decir, por no haber sabido domar un poco el irrefrenable potencial del original en un filme que fuera capaz de entretener sin la necesidad de hacer un chiste en cada plano.

El todoterreno Miguel Bardem, adepto a la causa paródica e imitativa (La mujer más fea del mundo, Noche de reyes, Incautos), reemplaza al excesivo Fesser en la segunda entrega, aunque los problemas de la cinta siguen siendo prácticamente los mismos. A saber, una historia excesivamente pueril y estiradísima, incluso en la línea de absurdo y parodia que se le requiere al asunto, incluso en la recuperación y el buen trazado de los personajes esenciales del tebeo; y una puesta en escena que, ay, evidencia de forma lamentable las limitaciones de Bardem y de su equipo, incluido el de efectos especiales (véase el perro de pega), para competir con otros productos similares (véase la saga de Astérix y Obélix en Francia) no norteamericanos. Y es que Mortadelo y Filemón. Misión: salvar la Tierra resulta no sólo una experiencia agotadora y extenuante para el espectador adulto, que además detecta una considerable pobreza en el diseño de producción y en una fotografía, firmada por Unax Mendía, terriblemente plana y mustia, sino que, mucho me temo, deja completamente fuera de juego a los espectadores infantiles, incapaces de conectar, lo hemos palpado, con el humor celtibérico de Ibáñez y el de sus adaptadores cinematográficos.

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