Hacerse el sueco en Hollywood

La polémica sobre las medidas proteccionistas del cine europeo frente al de Hollywood ignora interesada y tramposamente que, como en los muy primeros años del mudo, la mayor parte de la producción europea habla una lengua internacional apenas connotada por lo que podríamos llamar variantes culturales nacionales (esas que hacían que Renoir o Godard fueran tan cinematográficamente franceses como Fellini y Pasolini italianos, Dreyer y Bergman danés y sueco o Buñuel y Erice españoles). El orfanato es una película tan formalmente americana, aunque esté rodada en España, con producción española y por un realizador español, como esta 1408 es formalmente americana aunque esté rodada en Hollywood por un director sueco que se hace el ídem con su cultura cinematográfica originaria. Lugar, producción y dirección son datos irrelevantes frente a la lengua común que estas películas hablan para contar historias igualmente comunes. La discusión, por lo tanto, debería referirse exclusivamente a los aspectos industriales en vez de a los culturales, artísticos o sociales. Pero eso daría menos argumentos para la demagogia seudo cultural del proteccionismo.

No busquen, pues, nada sueco en esta película. Mikael Hafström rueda en Hollywood (Sin control, 1408) como si no se hubiera movido de Estocolmo (El fantasma del lago, Evil). Y no porque -como hicieran Lang o Hitchcock- haya importado allí una forma personal y propia de hacer cine, sino porque en Suecia rodaba como si lo hiciera en los Estados Unidos. Hábil para poner en imágenes precisas esta pieza de cámara (en el sentido musical) de Stephen King, que parece una reducción a un solo instrumento de El resplandor que tan magistralmente -¡cómo crece con el tiempo!- rodó Stanley Kubrick, Hafström no logra superar el nivel artesanal ni, pese a lo que promete en los primeros momentos de terror casi mediada ya la película, privilegiar la creación puramente cinematográfica de tensión sobre los efectos especiales.

Un especialista en desmontar leyendas de hoteles embrujados (John Cusak). Una habitación de un hotel de Nueva York que nunca se ocupa por las desgracias que en ella han sufrido sus ocupantes. Una breve pugna con el director del hotel (Samuel L. Jackson) tras la que logra entrar en la habitación. Y demonios interiores liberados que agitan la mente del desdichado escéptico como si fuera una coctelera. La película tarda en llevar a Cusak a la habitación, y corre demasiado desde que entra en ella. Minimiza así su principal desafío, que era el de trabajar sobre el progresivo enloquecimiento de un personaje encerrado en una habitación. Algo de El resplandor, como ya se ha dicho, y algo también del Barton Fink de los Coen y de El quimérico inquilino de Polansky, sobrevuela esta película que aspira artísticamente a más de lo que consigue. Algunas ideas (el doble en la ventana de enfrente, el televisor que emite los recuerdos del protagonista) y algún efecto (los fantasmas de los suicidas) le dan un cierto interés. El resto es el habitual chimpún digital del actual cine fantástico. Eso sí, escrito con una pulcritud mayor de la habitual.

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