El maesto Gray regresa con una poderosa tragedia policíaca

Parece un hecho que el cine norteamericano está resucitando tras su largo sueño de casi dos décadas, desde mediados de los 80 a los primeros años de este siglo, que lo había situado en el nivel más bajo de su historia tanto en lo que a las obras excepcionales de talentos singulares se refiere como, cuestión más grave, a la calidad media de la producción comercial de gran consumo. Sólo en este último año las obras de veteranos como Eastwood (Cartas desde Iwo Jima), De Niro (El buen pastor), Nichols (La guerra de Charlie Wilson) o Lumet (está pendiente de estreno su estremecedora Antes que el Diablo sepa que has muerto); y de jóvenes y/o maduros como Estévez (Bobby), Fincher (Zodiac), Ray (El espía), Haggis (En el valle de Elah), los Coen (No es país para viejos) o P. T. Anderson (Pozos de ambición), por citar sólo algunos de los más sólidos o deslumbrantes casos, han sido excelentes noticias para quienes creen que al cine no sólo se va a comer palomitas viendo efectos especiales o casquería.

La noche es nuestra se inscribe en esta trayectoria ascendente como una tragedia policial de matices shakesperianos (Ricardo III) o bíblicos (historia de Esaú y Jacob) que prolonga las tramas de dramas familiares en clave de cine negro con las que James Gray trenzó sus hasta ahora dos únicas y espléndidas películas; Little Odessa (Cuestión de sangre, 1994) y The Yards (El otro lado del crimen, 2000). Como Terrence Malick o Michael Cimino, Gray destila sus espléndidas y hondas películas tras largos intervalos de silencio. Entre su primera película, que rodó con 24 años, y la segunda transcurrieron seis años; y entre ésta y la tercera, siete. Pero vale la pena esperar. La historia de la familia formada por un recto y duro jefe de policía (Robert Duvall) y sus dos hijos (Mark Wahlberg y Joaquin Phoenix), ejemplar policía el primero y desquiciado director de discotecas controladas por la mafia rusa el segundo, sirve a Gray para construir un poderosísimo drama de lealtad, traición, desgarro paternal, devoción filial, sacrificio, enfrentamiento entre padre e hijo y entre hermano y hermano.

Rodada con contundencia, la película logra trascender lo circunstancial, alcanzando una dimensión trágica universal y atemporal, sin perderse en abstraccionismos ni descuidar el minucioso y muy realista retrato de caracteres y ambientes.

Las escenas de acción alcanzan cumbres de violencia trágica como la persecución automovilística bajo la lluvia; y las intimistas permiten el despliegue dramático de un Phoenix y un Wahlberg de quienes lo mejor que se puede decir es que están a la altura del siempre grande Duvall. En papeles secundarios hacen buenos trabajos Eva Mendes (la novia latina de Phoenix) y el recuperado Tony Musante, a quien Gray ya había utilizado en La otra cara del crimen, cuya presencia parece un guiño a esas referenciales películas de los 60 y 70 que Musante interpretó a las órdenes de Douglas (El detective), Aldrich (La banda de los Grissom) o Fleischer (Fuga sin fin). No se la pierdan.

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