Gran retrato de un sombrío personaje

¿Por qué la fascinación por los espías? En parte por la que se siente hacia todo lo secreto y lo clandestino, por lo que bajo nuestros pies teje una trama de conspiraciones infiltrándose en los santuarios del poder y la seguridad; en parte por la tensión entre lealtad (a los otros) y traición (a los nuestros) que hace la tragedia del espía designado como topo; y en parte por la suspensión de la rutina y la normalidad -esos pesos de los que la literatura de aventuras intenta aliviarnos sin obligarnos a pagar los intereses que el desarraigo o la aventura exigen- haciéndonos sentir peligros que, en la seguridad de nuestras butacas de lectores, se convierten en gratas emociones. En resumen: el espía seduce porque es el aventurero moderno, desposeído de la franqueza e inocencia del aventurero tradicional y arrojado a un mundo inestable y cambiante de traiciones y sordidez del que no están ausentes el lujo y el sexo. Aunque existen precedentes tan antiguos como la propia literatura, el espía no toma carta de naturaleza hasta que los modernos estados organizan sus servicios de inteligencia a principios del siglo XX. La Primera Guerra Mundial fue el inicio de su edad de oro, Mata-Hari su protomártir y autores como Robert Erskine Childers, Conan Doyle, E. P. Oppenheim, John Buchan o Gaston Leroux sus primeros propagandistas populares (en la otra orilla, Joseph Conrad fundó la novela seria de espías en 1907 con El agente secreto). Tras la Primera Guerra Mundial la novela de espías vivió un éxito ininterrumpido que, convirtiéndola en uno de los géneros más longevos, llega hasta hoy en una trayectoria de un siglo en la que destacan Ian Fleming, Robert Ludlum, Frederick Forsyth o Tom Clancy en el lado ligero y Eric Ambler, Graham Greene o John Le Carré en el severo. En cine, desde las primeras obras maestras como Spione (1927, Lang) o Mata-Hari (1931, Glazar/Bririnski, uno de los mayores éxitos de la Garbo) hasta las recientes -y tan distintas- trilogía de Bourne, El buen pastor o La vida de los otros, las películas de espías han gozado de tanto éxito como las novelas y, como ellas, se han dividido en ligeras o severas.

El espía se alinea entre las segundas al tratar del caso real de un experimentado topo (Chris Cooper) que actúa desde la elite del FBI, y del ambicioso y joven agente (Ryan Philippe) que intenta desenmascararlo. El caso se cerró en 2001 con la condena del traidor. Aunque, en mayor medida que por recrear un suceso real, la película se alinea con la línea severa del espionaje por centrarse en la sombría figura del traidor, reduciendo a cuestiones secundarias las tramas de suspense o acción que actúan como bastidores necesarios (al fin y al cabo se trata de cine comercial) sobre los que tejer el complejo retrato de un hombre íntimamente desgarrado por ideas, creencias, tendencias y pasiones contradictorias que libran en su interior una batalla (casi literalmente) infernal, sofocada bajo una apariencia gélida. Gracias al espléndido trabajo de Chris Cooper este retrato logra un notabilísimo peso dramático.

Mérito del guionista y realizador Billy Ray (que tuvo un alentador debut con El precio de la verdad) es haber centrado el guión en esta sombría figura, haber dotado a su película de un equilibrado y muy sobrio tono narrativo que lo hace converger todo en ella y haber elegido a Cooper para interpretarla. El resultado es una buena, interesante y seria película de espías con un cierto perfume, muy de agradecer, a Lumet o a Pollack.

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