Genealogía de la malasangre

  • Roberto Osa debuta en la narrativa con la poderosa 'Morderás el polvo', una narración salvaje, ganadora del Premio Felipe Trigo, que narra la venganza de una hija en una aldea manchega

Roberto Osa (Cuenca, 1981), con un ejemplar de 'Morderás el polvo'. Roberto Osa (Cuenca, 1981), con un ejemplar de 'Morderás el polvo'.

Roberto Osa (Cuenca, 1981), con un ejemplar de 'Morderás el polvo'. / m. g.

"Mataré a mi padre este fin de semana". Una confesión así, tan brutal, tan en carne viva, está plantada ante el lector a modo de trallazo en el arranque de Morderás el polvo, el primer libro de Roberto Osa (Cuenca, 1981). Lo que viene a partir de ahí es un relato febril, rápido, inflamable que ganó el premio de novela Felipe Trigo, galardón incorporado desde este año al catálogo de narrativa de la Fundación José Manuel Lara. Que nadie espere en estas páginas el gas sarín de la complacencia que propone, en líneas generales, la literatura actual. Por el contrario, todo lo que sucede en ellas es desmedido, irracional, salvaje.

Osa, guionista y realizador de televisión, asegura que escribió Morderás el polvo con los materiales de derribo que acumuló en las córneas durante un tiempo de rabia personal. Y eso se nota. El libro está armado con palabras despojadas, tirando de personajes feroces, haciendo con ellos una vara de zahorí que siempre conduce a algún pozo de violencia. Su escritura, quizá por eso, tiene algo de tremendismo desnudo. Dice cosas así: "Mi única misión ha sido siempre hacer daño. Llegué al mundo para condenar a mi madre".

Quien habla es Águeda, Águeda Pacheco, la protagonista de la novela. Casi 30 años. Pelirroja. Tuerta. Embarazada. Fumadora. Confiesa que el único lugar del mundo donde se siente cómoda es en el interior de una de las cajas de cartón que tiene en casa. Ella, que intentó trabajar como conductora de autobuses, se gana la vida llevando en horario nocturno un servicio telefónico de atención ciudadana. Pero es casi una alpinista en la cima de la desesperación. Un personaje instalado en el extravío desde que, al cabo de casi veinte años, recibe la llamada de su padre, Cayo, apodado El Morueco. Un hombre de las cavernas. Un animal.

Será esa toma de contacto el kilómetro cero de una expedición por geografías brutales. De Madrid a una aldea de La Mancha. De una gran ciudad con las calles cubiertas por toneladas de basura al paisaje árido de la meseta castellana. Y allí, en Pedregal, que así se llama el poblacho, otra realidad: las casas deshabitadas, la laguna vacía, el prostíbulo abandonado, el cementerio sin tapia pero con tumbas... En aquel escenario, el autor despliega un drama rural enclavijado, sin duda, en la estética de la España negra de José Gutiérrez-Solana, pero aderezado con dosis de cierta estética de western y el fondo intemporal de la tragedia clásica.

Para colmo, el padre y la hija están rodeados allí por una galería de personajes secundarios potentes, forjados en los límites del daño, inquietantes hasta en su normalidad. Isabel, la amiga de la infancia. Silo, el policía local. Don Evelio, el cura. Petra, la anciana que zurce en la calle un jersey de lana rojo junto a un zorro disecado. Y Tariq, El Morito, el padre del bebé que lleva en su vientre la protagonista. Su compañero de trabajo en la línea de atención telefónica. Un opositor a conservador de museos que trata de taponar todos los ascos de Águeda. También está la pequeña Circe, acaso el único respiro de bondad (o no) que contiene la novela.

Ha definido su autor Morderás el polvo como "una novela contemporánea". Así, sencillamente. Y lo es, sin duda, por la apuesta formal de la obra: una narración breve armada en presente simple y en primera persona que se desarrolla en un arco temporal de día y medio. Planteada a modo de cuenta atrás, lo que sale de ahí es un relato trepidante, desplegado a los ojos del lector a toda caldera, casi al ritmo de fuego de una ametralladora. Este debut literario de Roberto Osa recuerda, en cierto sentido, a otro, deslumbrante, ocurrido años atrás: el del sevillano Daniel Ruiz García con Chatarra (1998).

De Morderás el polvo, Lorenzo Silva, presidente del jurado del Premio Felipe Trigo que convoca el Ayuntamiento de Villanueva de la Serena, destacó "la fuerza y la contundencia de esta nueva voz de la narrativa, la carga simbólica de la trama y el eficaz uso de la misma como metáfora de nuestro tiempo". "Sólo puedo decir cosas buenas del galardón porque ha dado un empujón a mi carrera literaria", asegura Roberto Osa, quien también se plantó con esta novela entre los finalistas del Premio Nadal y que ahora ultima una pieza teatral titulada Libro de adioses.

La narración, según su autor, está contaminada por el cine de Buñuel, Coppola y Haneke; por lecturas como el ensayo de José Ovejero La ética de la crueldad y las novelas La lluvia amarilla de Julio Llamazares, Intemperie de Jesús Carrasco y Una soledad demasiado ruidosa de Bohumil Hrabal. Precisamente, la frase de este escritor checo elegida incluida en las primeras páginas del libro define a la perfección la onda expansiva que Morderás el polvo deja en el lector: "Empecé a darme cuenta de que la devastación y la catástrofe son un espectáculo de belleza exquisita".

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