Galería Belén, desgraciadamente, punto y final

FUE en 2002 cuando Ramón y Paloma decidieron dar el paso adelante y abrir una galería en Jerez. Era algo importante, con riesgo y con muchas dificultades en esta ciudad compleja donde, ni siquiera lo que en todo el mundo triunfa, acaba cuajando en una plaza con muchos esquivos intereses, de muchos senderos con no pocas trampas y de muchas situaciones anormales, ultramontanas y a contracorriente, que acaparan una realidad ciudadana que han querido hacer única e intocable.

Desaparecido hacía poco 'El Laberinto', la galería dirigida por Juan Carlos Crespo, sólo Carmen de la Calle subsistía antes de preparar el camino hacia Madrid. Jerez necesitaba una galería que cubriera una parcela artística amplia, sin complejos y abierta a todo y a todos. El periplo expositivo comenzó con una cuidada muestra donde artistas andaluces y madrileños compartieron espacio. Desde ahí, y sin solución de continuidad, la galería jerezana mantuvo el pulso a un Arte y a un tiempo con mano firme. No era fácil. El universo artístico local no fue demasiado justo con los galeristas llegados de Madrid, quizás se vieron fantasmas donde no había nada más que interés e ilusión. Tampoco las instituciones estuvieron demasiado cercanas a una galería que, sin Carmen de la Calle y con la desaparición repentina de Paco Daza - héroe en solitario durante tantos años - era la única que abría contra viento y marea, contra la desconfianza de muchos y contra la crisis.

He tenido la oportunidad, a través de los años, de conocer bien a Paloma y a Ramón y sé de su trabajo, de su esfuerzo y, también, de su soledad. A la Galería Belén se le ha dado la espalda desde muchos sectores. Ellos han mantenido el tipo y han permanecido impasibles, quizás, porque amaban demasiado esto y porque iban por libres y, además, no se plegaban a las esquivas circunstancias de unos y de otros.

Por la Galería Belén han pasado importantes artistas de aquí y de otros sitios. Hemos tenido la oportunidad de tener la obra significativa de Juan Romero, de Paco Peinado, de Mariví Nebreda, de Alvar Haro, de Guzpeña, de Lorenzo Saval, también de los esclarecedores artistas que dejaron su huella en un tiempo no excesivamente lejano -Guillermo Delgado, Antonio Rodríguez Valdivieso, Francisco Moreno Galván-, entre otros. Al mismo tiempo, la Galería Belén mostró su espléndida colección de Arte Antiguo; una colección catalogada y refrendada por los expertos más creíbles en cada situación. Hoy ofertan, demasiado gratuitamente, espacios públicos para colecciones particulares de categoría más que discutible. La Galería Belén presentó su proyecto, más que importante, de abrir la colección a los jerezanos y su propuesta durmió el sueño de los justos en un rincón de las sucesivas delegaciones de Cultura, algunos de cuyos dirigentes no supieron, jamás, por dónde se llegaba a la calle Francos.

Me duele en el alma que una galería cierre sus puertas. Ahora, que Paloma y Ramón pongan fin a diez años de trabajo, ilusión, dinero y expectativas; diez años que han servido para que muchos tengan una ventana para ver más allá de lo que la miopía reinante ofrecía, para aprender de la soledad de los apasionados, para saber de quiénes son unos y otros en este mundo de dobleces y para darnos cuenta del valor que supone un sitio donde se ofrezca la oportunidad de tener lo que se anhela. Ramón Martín y Paloma Caparrós, vuestro trabajo no ha sido en balde.

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