Literatura

Fuga sin fin

  • Anagrama reúne en un volumen las tres obras maestras de Von Rezzori, excelente escritor, perpetuo exiliado y continuador de la gran literatura centroeuropea

Periodista, ilustrador, actor y guionista de cine, radio y televisión, Gregor von Rezzori (1914-1998) fue un narrador extraordinario cuya obra, pese a los esfuerzos de Claudio Magris, a quien debió y debe buena parte de su proyección internacional, es mucho menos conocida de lo que debiera. Continuador de la gran tradición de la literatura centroeuropea, Rezzori fue el último de los recreadores del mundo de ayer, que al contrario que sus predecesores y maestros -autores como Musil o Roth- apenas conoció directamente, pues nació muy poco antes del estallido de la Gran Guerra. Venido al mundo en una de las marcas orientales del Imperio Austro-Húngaro, la Bucovina recreada en sus relatos con nombres imaginarios, Rezzori comparte ciudad natal con el poeta Paul Celan, pero la Chernovitz de su primera infancia dejó pronto de ser uno de los confines de la monarquía de los Habsburgo para pertenecer primero a Rumanía y luego a la Ucrania soviética.

Una tierra de frontera, crisol de lenguas, etnias, nacionalidades y culturas, habitada por austriacos, rumanos, polacos, rusos, húngaros, eslovacos, armenios y un importante segmento de población judía. Todo ese mundo, contado en la lengua alemana que era el idioma de la mayoría, es el que Rezzori retrató en sus libros, que recrean con admirable lucidez la procelosa edad de entreguerras, ese intervalo de tiempo comprendido entre el finis Austriae y el Anschluss, la fatal anexión al III Reich que acabó para siempre con el mito de Viena como capital cultural de un Imperio fantasma. Anagrama ya había publicado por separado las tres obras que ahora ha recogido en un único volumen, pero esta nueva edición permitirá a los lectores acercarse de una vez a tres obras maestras que bastan por sí solas para dar la razón a Magris, autor de la introducción a la trilogía, cuando califica a su amigo Grisha -tal era el nombre familiar de Rezzori- como uno de los grandes narradores de la lengua alemana, a la vez epígono y precursor, pues su mirada escéptica y bienhumorada contiene toda una lección a la hora de abordar problemas que no han perdido actualidad en la Europa contemporánea.

Las dos primeras obras de la trilogía, Un armiño en Chernopol y Memorias de un antisemita, son novelas en sentido estricto, aunque tienen una importante carga autobiográfica. Flores en la nieve, en cambio, no en vano subtitulada Retratos de una autobiografía que nunca escribiré, es más bien una colección de recuerdos. Pero las tres tienen en común, además de sus propias vivencias como hijo de una familia de la nobleza austrohúngara de provincias, el escenario de Chernopol -trasunto de la Chernovitz natal, llamada Cernauti por los rumanos-, el recuento del tiempo perdido, a la manera de Proust, y el rescate de una época "intensa, bulliciosa, agitada", marcada por una diversidad cultural que no sobrevivió a la embestida de los totalitarismos. Rezzori es "un gran poeta del imperio habsbúrgico", pero es también o sobre todo un excelente contador de historias. Sus personajes, como el prefecto Tarangolian de Un armiño en Chernopol, o el propio protagonista de la novela, Tildy, un oficial de húsares que añora el orden del antiguo ejército imperial, son criaturas estrafalarias y un punto melancólicas, humorísticamente retratadas por un narrador que alterna con soltura los registros elegíaco y burlesco.

Las Memorias de un antisemita explican mucho mejor que cualquier manual de Historia cómo fue posible el horror nazi, con la complicidad a veces desdeñosa pero a la postre consentidora de amplios sectores de la población que no apoyaban las medidas antijudías pero tampoco fueron capaces de oponerse a ellas, pues en el fondo compartían los mismos prejuicios raciales que las inspiraban. Es un libro valiente y comprometido, porque resulta más fácil describir el comportamiento de los héroes que el de los tibios, y porque entender las razones de éstos es incomparablemente más instructivo. Abocado a una fuga sin fin, como en la novela homónima de Joseph Roth, el exiliado Rezzori cargó con esa responsabilidad que trató de explicarnos yendo a las raíces, sin aducir atenuantes o justificaciones retrospectivas. Tampoco lo hizo al hablar de su propia familia. Flores en la nieve es una suerte de autorretrato indirecto y extremadamente preciso donde el autor, con esa prosa elegante, sensual y distanciada que eleva el uso de la ironía al rango de bella arte, cuenta su historia personal a través de las historias de otros, la nodriza, la institutriz, el padre, la madre, la hermana muerta.

"Sentirse ex es, en general, un estado de ánimo del hombre moderno", recuerda Magris que le decía su amigo. El narrador de estos libros es, como Rezzori, un extraño de sí mismo, un apátrida que permanece, como dice el triestino, a la intemperie, ajeno a su propia vida pero ligado por lazos indelebles a paisajes y escenarios de otro tiempo, más reinventados que recordados. En el epílogo a Flores en la nieve, Rezzori cuenta su visita a la ciudad ahora llamada Chernovtsi, en 1989, es decir en las postrimerías de la era soviética, donde comprobó con asombro que las trazas de la antigua cosmopolis no habían cambiado demasiado, pese a las largas décadas transcurridas. Pero la ciudad, tan parecida, era otra. "Todo lo que yo había conservado de mi juventud en la memoria no era, pues, más que fantasmagoría, pura imaginación". Él mismo había comprendido que la ciudad de su infancia era no tanto un enclave real como el territorio irrecuperable de una geografía mítica. "Tenía que marcharme de allí lo antes posible".

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