Francisco Brines presenta una antología de su obra

  • El autor valenciano afirma que "la moral de la poesía es el aprendizaje de la tolerancia, te permite abrazar al contrario"

En tiempos tan materialistas como los que corren, el escritor Francisco Brines cree que "el milagro de la poesía es que es útil y que nos enseña a vivir mejor". No da dinero, pero permite "tocar al que somos y al que podríamos haber sido, y permite incluso abrazar al contrario".

"Esa es la moral de la poesía: el aprendizaje de la tolerancia", aseguraba recientemente Brines (Oliva, Valencia, 1932) al presentar la antología Todos los rostros del pasado, en la que se ofrece una selección de los poemas de este escritor, considerado uno de los poetas españoles más importantes del siglo XX.

Publicada por Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, la antología cuenta con una amplia introducción hecha por el poeta y crítico literario Dionisio Cañas, responsable también de la selección de los poemas. Cañas, amigo de Brines desde hace 40 años, se dejó llevar "por la emoción y la intuición" a la hora de elegir los poemas y ha incluido aquellos que reflejan al ser humano que es Brines, "en su aquí y ahora". La intención de Cañas, catedrático de la Universidad de Nueva York durante 20 años, ha sido la de ofrecer "una lectura fresca" de los textos de Brines, desde "una perspectiva del siglo XXI". En la poesía del autor de Las brasas hay "un mensaje universal" que conecta con las preocupaciones del hombre actual.

Brines ha hecho de la poesía "el cumplimiento de un destino" y escucharle hablar de su concepción de la escritura es todo un lujo. Siempre ha escrito "desde la pérdida, pero celebrando la vida", y si la muerte irrumpe desde el principio en su poesía es porque ama "profundamente la vida".

"Cuando escribimos es como si nos miráramos en un espejo, pero como ocurre en los sueños a veces, nos vemos con otro rostro y descubres cosas de ti mismo que no conocías. La poesía es emocionante, inesperada", subrayaba Brines, que ha merecido premios tan importantes como el de la Crítica, el Nacional de Poesía, el de las Letras Valencianas, el Nacional de las Letras y el Federico García Lorca.

Como decía Nicanor Vélez, editor de poesía de Círculo de Lectores, "meditación, celebración y pérdida son tres palabras que se asocian a la poesía de Brines y todas ellas son flechas lanzadas a un mismo arco: el tiempo". Su poesía, añadía Vélez, "se topa con el rostro de la muerte", pero no es pesimista, porque siempre "hace de la lucha contra el tiempo una verdadera lucha por la vida".

La muerte impregnaba ya el primer poemario de Brines, Las brasas (1960, Premio Adonais) y el escritor ha dicho en más de una ocasión que aquel libro "podría ser el último". Lo escribió "con veintitantos años" e irrumpe en sus versos un anciano que se parece "en todo" a la persona madura que hoy es el autor, "menos en la barba", que no la llevo". A sus 75 años, el escritor se encuentra a gusto instalado "en la vejez, porque a uno le preocupan menos cosas que en la juventud. La vida se hace más ligera y la experiencia te ha hecho ver que la maravilla de la vida puede ser cualquier momento que te suceda durante el día", afirmaba.

Este defensor acérrimo de la poesía de Juan Ramón Jiménez y Cernuda, pero también de la prosa poética que hay en Azorín, Gabriel Miró y Ramón Gómez de la Serna, asegura que "el creador del poema es el lector" y dice que "lo bueno de la poesía es que siempre es distinta".

"Si todos los hombres fueran poetas, sus versos serían distintos, y así y todo sólo alcanzarían jirones de lo que es la poesía", señalaba Brines, quien también defendía la necesidad de inculcar este género entre "la gente joven, aunque sea con un señuelo", apuntaba.

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