Literatura

Fiebre en Buckingham Palace

  • La tercera novela del dramaturgo Alan Bennett plantea con humor e inteligencia las consecuencias benéficas pero desestabilizadoras de la pasión por los libros

¿Qué pasaría si la reina de Inglaterra, que como la mayoría de los miembros de la realeza no se ha distinguido por su afición a los placeres del intelecto, se convirtiera de repente en una lectora compulsiva? Este es el punto de partida de la última novela de Alan Bennett, el celebrado guionista, actor y dramaturgo británico, publicada en España por la misma editorial, Anagrama, que dio a conocer entre nosotros las deliciosas Con lo puesto y La ceremonia del masaje. Bennett cultiva un humorismo lúcido e inteligente que se sirve de la ironía pero no llega a la causticidad, y ocurre a menudo que esta variante amable resulta tanto o más eficaz en su propósito satírico que la más feroz de las invectivas. Contada al modo de una fábula moderna, Una lectora nada común -título que remite al famoso The Common Reader de Virginia Woolf- es un prodigio de ligereza que combina el divertimento y la intención aleccionadora, como acogida a la venerable consigna de enseñar deleitando, pues bajo la hilarante caricatura de los royal -y en general del establishment político- el autor plantea sabias consideraciones sobre el hábito de la lectura, sus motivaciones últimas y el modo como acaba afectando, cuando se convierte en un vicio, a nuestra manera de relacionarnos con el mundo.

Es el encuentro fortuito con una biblioteca ambulante en los jardines de Buckingham, mientras la reina busca a sus perros, lo que desencadena un proceso de consecuencias insospechadas que acaba afectando por igual a todo el entorno de palacio, desde el consorte a las mascotas reales. La reina empieza por pedir prestado un libro de Ivy Compton-Burnett -una autora de éxito en las islas que estaba inédita en castellano y ha empezado a ser traducida por Lumen-, a la que conoció personalmente con motivo de la concesión de un título nobiliario, y poco a poco va hilando, al principio de modo dubitativo y vacilante, una lectura tras otra, en una inmersión progresiva que le llevará a disfrutar de autores difíciles como James o Proust. No sin sorpresa, Su Graciosa Majestad percibe cómo la desconfianza inicial va dejando paso al boicot abierto de los integrantes de la corte, con la excepción de un joven mozo de cocina -un muchacho pelirrojo, aficionado a los autores homosexuales de cualquier condición- que es ascendido a la categoría de asesor personal, con la misión de aconsejar y conseguir lecturas para la soberana. Porque el descubrimiento de la literatura ha cambiado radicalmente los hábitos de aquélla y su buena disposición para cumplir las obligaciones propias del oficio, que ahora le resulta tedioso e incluso exasperante.

De este modo la reina, en otro tiempo intérprete impecable de su papel, se vuelve rebelde e imprevisible, incomoda a gobernantes y súbditos con preguntas que éstos juzgan impertinentes, se queda en la cama pretextando un resfriado o se escandaliza por la redacción de los discursos que le dan a pronunciar. Los familiares, los sirvientes, los políticos -impagables los retratos del atribulado secretario personal o de un perplejo primer ministro- llegan a dudar de su salud mental, como si los libros -cuando lo que ha ocurrido es justo lo contrario- hubieran mermado el juicio de la soberana. Los diálogos, como debidos a Bennett, son particularmente chispeantes, pero el ingenio del autor se muestra igualmente en las descripciones que recrean con fidelidad los escenarios reales y convierten un planteamiento inverosímil en una narración no sólo creíble sino emocionante. El imprevisto desenlace, que tiene que ver con la creciente afición de la reina a poner por escrito sus pensamientos, cierra de modo brillante una nouvelle que podría perfectamente ser llevada al cine, en un filme donde el personaje de la soberana enloquecida daría mucho más juego -aún- del que ha ofrecido en su faceta cuerda. El deber primero, nos sugiere Bennett, es conocer las vidas ajenas, saber cómo sienten los otros, entender sus razones. Los libros prestan una ayuda inestimable para cumplir con ese imperativo moral, aunque la formación del gusto y del criterio puede tener consecuencias desestabilizadoras. Cualquier edad es buena para iniciarse y cualquiera puede hacerlo, independientemente de su circunstancia. El humor, en fin, es el mejor aliado de la inteligencia.

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