"Fernando Quiñones es el tipo de escritor al que pretendo aspirar"

  • Pérez Azaústre recogió el IX Premio Unicaja de Novela de manos de Felipe Faraguna, Antonio Castillo y la viuda de Quiñones, Nadia Consolani · Las obras ganadoras serán publicadas por Alianza Editorial

Para Joaquín Pérez Azaústre, (Córdoba, 1976) la concesión del IX premio Unicaja de Novela Fernando Quiñones ha supuesto "el cierre de dos círculos". Por un lado, el que supone tener a Juana Salabert como antecesora -una autora de la que el cordobés se declaró admirador desde hace doce años-. Y el otro, por ser un premio establecido en recuerdo y homenaje a Fernando Quiñones, a quien Joaquín Pérez Azaústre conoció personalmente y al que definió como un autor "valiente", que se atrevía a escribir lo que quería "con brillantez y sin miedos".

"Un modelo -confesó el escritor y colaborador del Grupo Joly - al que yo pretendo a aspirar. De Quiñones, además de su calidad literaria, todos me han destacado que era una persona excelente, de tremenda generosidad. Y yo creo que en realidad eso es lo reseñable, a lo que deberíamos aspirar todos".

El cierre de estos dos círculos entrelaza de manera perfecta vida, libros y casualidad de manera muy significativa para alguien que nombra a la metaliteratura como elemento fundamental en su obra -al respecto, el autor citó La visita como influencia- . De hecho, en la presentación de La suite de Manolete, Juana Salabert destacó, además de su madurez estilística, el empleo que Pérez Azaústre realiza de la literatura "como espejo de la vida. Una historia que también tiene mucho de novela negra -añadió la escritora, en referencia a la finalista- aunque las grandes novelas van más allá de los géneros".

Salabert destacó la tensión que la historia recrea entre muertos y vivos, entre éxito y fracaso: "Es una obra -prosiguió- que sirve como memoria y educación sentimental de toda una generación, un retrato de esa época del ruedo ibérico que generaba angustia y fascinación y donde el traje de luces representaba el coqueteo con la fatalidad y el brillo del deseo".

"Siempre quise escribir de Manolete -comentó, respecto a su novela, el propio Joaquín Pérez Azaústre-. Pero quería hacer algo moderno, que no fuera novela histórica ni una biografía novelada. Encontré la solución en esta historia sobre un muchacho que está haciendo una biografía sobre el torero y, de repente, es encontrado muerto". A partir de entonces, se intercalan pesquisas, recuerdos y reflexiones de los protagonistas junto con apuntes de crónicas taurinas de Manolete. "Hasta que los amigos del fallecido llegan a la conclusión de que su supuesto suicidio está relacionado con la redacción de la biografía en la que estaba inmerso", explicó el escritor.

"La búsqueda de la felicidad -continuó- es un síntoma de libertad. Y creo que esa realidad estuvo muy presente en la vida de Manolete, a pesar de que terminara siendo presa de su propio destino".

El autor realizó un símil entre la soledad del torero en la plaza y la soledad del escritor, ya que "en ambos casos -afirmó- el aislamiento es total. La vida transcurre a tus espaldas sin que tú te des cuenta".

Pérez Azaústre recogió el testigo de la comparación con Hemingway recordando, de nuevo, a Quiñones, "ya que, como el americano, tenía especial capacidad para recoger las emociones y los miedos". Y destacó, asimismo, la capacidad del gaditano para escuchar, una cualidad que es "primordial" en un escritor: "Siempre que me encuentro con un autor que habla mucho, inmediatamente me pregunto qué es lo que tiene que contar. Porque para narrar es imprescindible escuchar y asimilar".

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